Consideraciones en torno a la venta internacional como sustento del método del valor de transacción de las mercancías importadas

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Con el fin de asegurar el cumplimiento de los acuerdos internacionales de reducción arancelaria, en los comienzos del siglo XX los países procuraron determinar un sistema de valoración de las mercancías que pudiera ser utilizado por las aduanas de manera uniforme en las transacciones internacionales. Esto cristalizó en el art. VII del «Acuerdo General de Tarifas y Comercio» (GATT) de 1947, que definió el «valor en aduana» de las mercancías importadas como el valor “real”. Para su determinación recurrió al concepto de venta, pues lo basó en el precio al que las mercancías “son vendidas u ofrecidas para la venta” dentro de ciertas condiciones.

El Acta de Marrakech de 1994 que fundó la Organización Mundial del Comercio (OMC) no sólo reiteró este criterio en la versión 1994 del GATT, sino que lo adoptó en el Acuerdo de Valoración Aduanera (AVA), incluido en ese trascendente tratado, ampliando el tratamiento efectuado en el Art. VII del GATT pero respetando el criterio del valor de venta como base primordial.

La compraventa es el más conocido de los contratos comerciales. Es un típico contrato bilateral con obligaciones recíprocas, que refleja la esencia de las llamadas operaciones “de cambio”. Las características de este tipo de contrato difieren entre las diferentes legislaciones nacionales. Por ello, ni el GATT ni el AVA, así como tampoco la Convención Internacional de Viena de 1980 sobre «Compraventa Internacional de Mercancías», definen lo que debe entenderse por compraventa, con la idea básica de no restringir innecesariamente su alcance.

No obstante, hay un concepto mínimo que es común a todos los ordenamientos. Las obligaciones esenciales en este contrato son la “entrega” de la cosa por parte del vendedor y el “pago” del precio por parte del comprador.

Además de ser el contrato mayormente empleado en las relaciones jurídicas mercantiles, es el que permite determinar el «precio» de una mercancía y, por ende, el «valor» económico del objeto de la transacción, ya que constituye la máxima expresión de enajenación sobre los derechos y facultades que se puede poseer sobre una cosa. En la disciplina económica el «precio» es la base natural del «valor» del bien transado en el sistema de comercio internacional, siempre que el mismo fuera libre.

Pero, como decía John Stuart Mill, “en todos los razonamientos concernientes a los precios tiene que darse por entendida la salvedad: suponiendo que todos los interesados cuidan de sus intereses” porque “los valores y los precios los fija sólo la competencia” ([1]). Esta afirmación sienta como presupuesto del precio la libertad de cambio. Dicho autor considera que cuando el vocablo “valor” se usa sin ningún atributo, quiere referirse al valor de “cambio”, es decir la capacidad de la cosa para ser intercambiada por otra u otras y se distingue del “precio” en que éste es el valor de la cosa pero medido en dinero ([2]).

Para reafirmar la necesidad de una puja que permita hablar de un precio real de mercado, el  «Comité Técnico del Valor» de Bruselas, a través de la Opinión Consultiva 1.1 estableció una lista de situaciones en que no es dable considerar que hay venta que responda a las exigencias y condiciones de los arts. 1 y 8 del citado AVA ([3]). En otras palabras una venta entre personas jurídicas distintas, independientes entre sí que cubran las condiciones de un valor real de mercado.

La valoración de un objeto parte de las impresiones subjetivas que éste nos produce. Son impresiones de nuestro yo que proyectamos en el objeto observado. El valor no pertenece al objeto, sino que es una cualidad que le atribuye el sujeto que valora.

Por su parte, el “valor” económico es la  medida, ponderada en dinero o en otro objeto mensurable económicamente, del grado de utilidad que una persona considera que le puede representar dicha mercancía en ciertas circunstancias.

En el clásico contrato bilateral de cambio (compraventa), una de las partes valora una mercancía de modo distinto al que lo hace la otra. Ello puede depender de la utilidad que el objeto le presta al vendedor y de la que estima el comprador que le prestará a él; de la conveniencia para el primero de quedarse con ella o la urgencia en apoderarse de ella para el segundo; de la facilidad o dificultad para adquirir una idéntica o similar al mismo o mejor costo; de la finalidad que prevé uno para el objeto adquirido y del importe cobrado para el otro; de la función que está destinada a cumplir en el plan del enajenante o del adquirente. En fin, puede haber miles de otras posibles motivaciones que pudieran tener uno u otro. Según las variables circunstancias del comprador y del vendedor, puede haber una valoración del objeto por el adquirente que sea diferente de la que hace el enajenante, pese a tratarse de la misma mercadería en un mismo momento.

Las motivaciones de cada operador activadas por la utilidad que busca cada uno en el objeto, unidas a la abundancia o escasez del objeto, se cristalizan en las fuerzas de la oferta y de la demanda que culmina con un acuerdo reflejado en un “precio” pactado en determinadas condiciones de pago y entrega de la cosa. Las subjetividades de cada valoración individual desembocan en la inter-subjetividad de una tercera dimensión. Pero esa «objetividad relativa» de la valoración alcanza sólo a quienes efectuaron la transacción, traduciéndose en un “precio” válido para esa transacción singular. Así, la valoración inter-subjetiva, traducida en el «precio» pactado en la transacción, resulta de los condicionamientos de las partes en ese caso concreto, constituyendo una valoración real para ellas. Este es el principio en que se basa la denominada “noción positiva” del valor en aduana que el AVA recoge en su artículo 1, como VT “valor de transacción”.

Hay otros sujetos ajenos a la oferta y la demanda que construye el precio. Son, entre otros, competidores, economistas y la Aduana. Son ajenos al proceso de construcción del precio y tienen intereses distintos a los del comprador y del vendedor.

Los analistas económicos procurarán determinar la evolución de los valores de la mercaderías en razón de las circunstancias cambiantes en el juego de la oferta y demanda general de un tipo de producto, con independencia de los casos particulares que hayan influido para marcar la tendencia ([4]) y la Aduana buscará determinar un valor que le sirva de base para el cobro de los tributos aduaneros.

Para estos terceros, la valoración no se basa en estimaciones propias. La obtienen de curvas de oferta y la demanda. Las particularidades de «el caso” carecerán de sentido. Buscarán la resultante económica de numerosos casos, cuyo promedio brindará la tendencia.

Es otro valor que el que surge de la transacción. Es un valor “teórico”. Si bien se basa en un promedio de precios reales, que puede ser cercano al del caso individual, difícilmente es idéntico a él. El llamado valor de mercado, es una idealización del valor económico que no surge de la operación particular, sino de precios obtenidos en múltiples operaciones individuales, correspondientes a mercaderías similares y en ciertas condiciones ideales de contratación. Ello lleva a una noción “teórica” del valor, que no suele coincidir con el valor de transacción exteriorizado en el precio pactado”. Este valor es al que apuntan los métodos alternativos al del «valor de transacción» contemplados en los arts. 2 a 7 del AVA.


Imagen obtenida de: https://bit.ly/2MKQUsf

[1] Mill, John Stuart, “Principios de Economía Política”, traducción  de Teodoro Ortiz, Fondo de Cultura Económica, México, 1943, Libro III, Cap. I, § 5, ps. 446/447.

[2] Mill, J.S., obra citada, Libro III, Cap. I, § 2, p. 443.

[3] Allí se mencionan: (a) suministros gratuitos; (b) mercancías importadas en consignación; (c) mercancías importadas por intermediarios que no las compran pero las venden después de la importación; (d) mercancías importadas por sucursales; (e) mercancías importadas en ejecución de un contrato de alquiler o de leasing; (f) Mercancías entregadas en préstamo que siguen siendo propiedad del expedidor; y (g) Mercancías (residuos), que se importan para su destrucción en el país de importación pagando el remitente un importe percibido por el importador por el servicio que éste presta a aquél.

[4] MILL, J. S. (obra citada Capítulo XV, p. 566) al referirse a los economistas de la época expresaba “Pero  lo que los economistas políticos buscan no es una medida del valor de las cosas al mismo tiempo y en el mismo lugar, sino una medida del valor de la misma cosa en diferentes épocas y en diferentes lugares: algo por comparación con lo cual pueda saberse si una cosa determinada vale más o menos ahora que hace un siglo o en este país que en América o China”.

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