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Sobre las potencialidades de la neuroeconomía: Apreciando sus avances dos años después

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En el año 2010 decidí exponer, en una breve nota[1], los objetivos y las herramientas empleadas por una de las más novedosas ciencias del comportamiento[2]: la neuroeconomía. Como era de esperar, en la nota difícilmente pude entrar en la exposición pormenorizada de los límites de una ciencia que tiene como principales promotores a médicos y a psicólogos. Empero, sí pude precisar que la neuroeconomía se nutría de un conjunto de hallazgos que permitían trazar un mapa de la geografía cerebral.

La atención que los científicos conductuales (en particular, los neuroeconomistas) dispensan a esta información tiene como propósito develar si la participación de ciertas áreas de la corteza cerebral influyen (y de qué manera) en el proceso de toma de decisiones[3]. Con el transcurso de los últimos años se ha ido ratificando paulatinamente dicha hipótesis, sí existe cierto grado de vinculación entre las áreas que procesan o reaccionan frente a cierta información o estímulo y el tipo de respuesta o decisión que se obtendrá. En efecto, desde hace un tiempo[4] se sabe que hay un área de nuestro cerebro que se desarrolló en una etapa evolutivamente primitiva (a tal área se le conoce como el cerebro reptiliano) y es donde se alojan las reacciones instintivas de carácter básico (el instinto de supervivencia, el miedo, etc.); hay otra área que se desarrolló en un estadio intermedio (se conoce como cerebro límbico) y aquí se producen las emociones (el dolor y el amor) e incluso la memoria de largo plazo. Por último, existe otra área en las que se dan los procesos intelectuales superiores y la creatividad.

Por largos años el mainstream de la ciencia económica asumió, con la finalidad de simplificar la realidad, que la toma de decisiones se producía en esta última área. Sin embargo, los estudios que desarrollaron los científicos conductuales, en particular los neuroeconomistas, arrojan una serie de conclusiones que desvirtúan en gran parte esta percepción generalizada[5].

Desde luego que entender el proceso fisiológico de toma de decisiones no es suficiente para que el economista o el abogado mejore la manera en que se encuentra construyendo reglas o pueda pronosticar con mayor exactitud las conductas de los individuos, pero es un primer gran paso para dotar de realismo las asunciones de ambos profesionales y para tomar en cuenta no sólo los factores racionales, pues los factores emotivos impactan en tales procesos y tienen un correlato práctico que no puede desdeñarse sin más. Tal vez sea necesario recordar que no se habla únicamente de neuroeconomía cuando se hace referencia a la labor de acotar o precisar las asunciones económicas tradicionales, las ciencias del comportamiento exceden en mucho a esta ciencia o a otra que viene encontrando gran acogida y que también suscitó la atención de quien escribe estas líneas (me refiero a la economía conductual o, si se quiere, el denominado análisis económico conductual del derecho).

En efecto, el empleo de instrumental tecnológico como las imágenes por resonancia magnética funcional (o fMRI por sus siglas en inglés) permite conocer qué área del cerebro se encarga de procesar la información o se encuentra asociada a la toma de una decisión, empero aún queda por establecer cómo se realiza en la mente de cada individuo y para ello será importantísimo virar la atención a las enseñanzas de los psicólogos.

Hace dos años, cuando me animé a escribir la nota que aludí líneas atrás, en el campo jurídico no se percibía demasiada atención a las enseñanzas de la psicología, ahora puede leerse en el blog alojado en el portal web de una conocida revista de estudiantes una serie de análisis que tiene como enfoque privilegiado al psicoanálisis y algunas otras publicaciones en las que ya se ha abordado la conexión entre Derecho y Psicología. Veo con gran esperanza y emoción que el Derecho nacional lentamente va poniéndose al día en la aplicación de perspectivas novedosas y útiles que no hacen más que demostrar la interdisciplinariedad y multidisciplinariedad que se ha alcanzado en las últimas décadas, dejando así a un lado la idea de un Derecho anclado sólo en el análisis de sus propias construcciones sin ligarlas a la complejidad del conocimiento que se viene gestando.

Acaso sea aún muy pronto para afirmar que estas ciencias conductuales se han asentado en el lenguaje común de los profesionales y de los estudiantes. Sé bien que tal objetivo está lejos de concretarse. Sin embargo, es cada vez más común encontrar traducciones y/o publicaciones de jóvenes académicos nacionales en los que se hace gala de un conocimiento sobre este campo o, cuanto menos, interés en la integración del Derecho con estas aproximaciones. Una prueba de estas afirmaciones sea la reciente publicación, en la sección Portafolio Económico del diario “El Comercio”, de un informe sobre neuroeconomía. ¿Quién sabe si en los próximos años no se abrirá un curso de esta naturaleza o de análisis económico conductual del Derecho en alguna de las Facultades de Derecho del país? En lo que a mi respecta, considero que es algo a alentar y que deberá caer fruto de las investigaciones a emprender.



[1] Me refiero a Saavedra Velazco, Renzo E., Neuroeconomía y Derecho: ¿Un mapa de la geografía cerebral o la clave para la última caja negra?, en Enfoque Derecho, 1 de mayo de 2010, ahora también disponible, con las necesarias referencias bibliográficas, en http://works.bepress.com/renzo_saavedra/15/.

[2] Para una aproximación general a las ciencias del comportamiento se aconseja la lectura de Gintis, Herbert, A framework for unification of the behavioral sciences, en Behavioral and Brain Sciences, vol. XXX, 2007, pp. 1 y ss.; y, en lo que atiene a su vinculación con el Derecho, la revisión de Korobkin, Russell B. y Ulen, Thomas S., Law and Behavioral Sciences: Removing the rationality assumption from Law and Economics, en California Law Review, vol. LXXXVIII, núm. 4, 2000, pp. 1051 y ss.

[3] Las ideas de Camerer, Colin, Loewenstein, George y Prelec, Drazen,Neuroeconomics: How Neuroscience can inform economics, en Journal of Economic Literature, vol. XLIII, 2005, pp. 9 y ss., son muy sugestivas en este punto.

[4] Al respectoconsúlteseMacLean, Paul D., Human Nature: Duality or triality?, en Politics and the Life Sciences, vol. XIII, núm. 1, 1994, pp. 107 y ss.

[5] Resulta interesante analizar el juego del ultimátum pues el rechazo a las ofertas que se consideran injustas parece guardar una alta correlación con el área cerebral que se activa. En efecto, cuando el jugador recibe una oferta injusta se activa la insulta anterior del cerebro, un área asociada a las emociones, y no –como se pensaba– un área de procesos intelectuales superiores. Este punto, entre otros, es expuesto en el ensayo de Loewenstein, George, Rick, Scott, Neuroeconomics, en The Annual Review of Psychology, vol. XLIX, 2008, pp. 647 y ss., ivi p. 663.

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