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No deseado, no solicitado y no autorizado ¿Nuevos (o viejos) retos del derecho de autor?

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Si bien no soy un especialista en derecho de autor, debo confesar que enlas últimas semanas he seguido, a la distancia pero con interés, la historia de la filtración del guion de la película de«The hateful eight» y los acontecimientos en torno al grafiti del papa Francisco. A pesar de que las diferencias entre los casos son saltantes, incluso en algunos extremos son auténticamente sustanciales, lo cierto es que en ambos casos se infringiría el componente moral del derecho de autor.

Los datos son relativamente sencillos. En la filtración del librero de la película de Tarantino se sabe, por propias declaraciones del cineasta, que entrego el primer borrador a seis personas con vistas a su participación; desafortunadamente para sus intereses alguna de ellas facilitó el guion a otra persona, lo cual concluyó con su difusión en internet. Por su parte, en el caso del grafiti del papa Francisco se sabe que un artista urbano, Maupal, realizó el trabajo en una calle cercana a la Plaza de San Pedro, atrayendo la atención de turistas, medios de comunicación y del Vaticano; a los pocos días la imagen fue borrada por la empresa municipal de limpieza de Roma.

En el primer caso se vulneró el derecho moral de autor en su manifestación de divulgación. En efecto, Quentin Tarantino, como cualquier autor, tenía la prerrogativa de decidir si se difundía –o no– su obra (el libreto) y en caso de optar por la divulgación, tenía la posibilidad de elegir la vía en que se difundiría y la fecha; prerrogativas que le habrían sido expoliadas. En el segundo caso, se infringiría también el derecho moral de autor, nada más que en su manifestación de integridad, ya que el autor debiera ser quien decide si la obra es modificada o destruida.

Hasta aquí la descripción de los hechos y lo que, al menos en términos ordinarios, sostiene la legislación y doctrina comparada. Aquí surge una incógnita válida, ¿los casos se absuelven con la aplicación inmediata de las ideas esbozadas en el párrafo precedente? Tiendo a pensar que la solución de ambos casos resulta más complicada que lo que sugiere su lectura inicial.

Nos debiera quedar claro que la decisión de Tarantino de difundir limitadamente el borrador de su película no puede ser interpretada como una decisión de divulgación, en realidad sólo es la manifestación de su esfuerzo por captar a los profesionales que requerirá la materialización de su obra en el futuro. Asimismo, de las declaraciones de Tarantino, del texto del libreto y de la práctica en dicho mercado se infiere que lo divulgado es un borrador y no la obra culminada. No obstante ello, el proyecto de una obra, siempre que cumpla con los requisitos legales de originalidad e impronta de la personalidad del autor, merecería tutela por parte del sistema de derecho de autor.

Todo lo anterior explica por qué Google acogió, en parte, la solicitud de Tarantino de eliminar de su motor de búsqueda aquellos resultados que lleven al guion filtrado.

El análisis de un grafiti es más complejo. Antes que nada, entiendo por grafiti a toda obra que se realiza en un espacio que permite su exhibición pública y que no fue autorizada o solicitada por quien es el titular del soporte físico (si lo hubiese sido se trataría de una modalidad de obra por encargo)[1]. En atención a esta circunstancia surgen inmediatamente preguntas tales como: si se trata de una obra derivada de un ilícito, esto es, una obra ejecutada sobre un bien ajeno sin la anuencia del titular, ¿es posible proteger dicha obra?, ¿las prerrogativas del propietario del soporte físico se ven limitadas por un acto no deseado y no solicitado?, ¿los componentes morales y materiales del derecho de autor se ven limitadas y hasta qué punto?, etc.

Nótese que las preguntas no son gratuitas. Si quien realiza un grafiti –asumiendo que cumpla lo estipulado en la ley de derechos de autor– tiene las mismas prerrogativas que cualquier otro autor, esto significaría que su conducta no solicitada tendría la aptitud de imponer limitaciones al ejercicio del derecho de propiedad de terceros, quienes luego no podrían unilateralmente eliminar o modificar la obra. De igual manera, estos autores podrían exigir el pago de regalías si su obra es explotada o incluso vendida por terceros; o podrían exigir el reconocimiento de su paternidad; etc. Tal vez haya quien piense que exagero y que estoy sugiriendo escenarios más que inverosímiles, creo honestamente que no es así.

Por ejemplo, es evidente que la empresa de limpieza de Roma considera que Maupal no tiene ninguna prerrogativa sobre su obra. De la misma manera, hace unos años un artista peruano, Jose Carlos Martinat, removió –sin autorización de sus autores– grafitis de diversas zonas de Buenos Aires para exhibirlos y ofrecerlos en venta, tal conducta generó una reacción de varios artistas urbanos argentinos, quienes en la inauguración destruyeron las obras que Martinat recolectó. Con esto quiero evidenciar cómo debates tradicionales del derecho de autor, en especial los ligados a los componentes morales, pueden (y deben) ser revisitados a la luz de las nuevas manifestaciones artísticas.

Volvamos un momento al guión de Tarantino. En este caso, en especial luego de la demanda contra Gawker Media LLC, la compañía desde cuya página se difundió el libreto, se suscitó una fuerte reacción a favor del cineasta. Dicha reacción se explica, probablemente, por la identidad del afectado, el potencial impacto económico de la filtración o por el hecho que se trataba de una obra aun no culminada.

¿El caso del grafiti del papa es tan distinto? Estoy convencido que la mayoría de personas no se ha detenido siquiera a evaluar si podía eliminarse la imagen sin permiso del autor y menos aún si este podría eventualmente exigir un resarcimiento. Sospecho que las razones que sustentan tal indiferencia giran en torno al medio físico sobre el cual se trabajó (lo cual detona su escasa expectativa de vida), la ilicitud de su origen o la dificultad de la cuantificación del valor de la obra.

Honestamente, creo que las consideraciones enunciadas exigen un trato diferenciado pero no me animaría a afirmar que la solución de estos casos se condensan en una dualidad absoluta: la protección o la desprotección de la obra. Nótese que la reacción en los casos reseñados es exactamente esta. ¿Acaso no habrá llegado el momento de buscar soluciones intermedias?


[1] La realidad es más compleja. En algunos países los propietarios o las autoridades liberan espacios urbanos a fin de que sean utilizados como enormes lienzos de grafitis. Sobre el punto puede consultarse la web-page:www.antidesigns.com/legalgrafwalls.php

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