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La tolerancia, el pluralismo y la empatía como presupuestos para un (ideal) debate democrático.*

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En su conferencia dada en TED, Michael Sandel sostiene que el mundo y las sociedades modernas necesitamos descubrir cómo mejorar nuestro debate sobre los asuntos públicos. Y para ello, propone redescubrir el arte perdido del debate democrático. Le agregaría que nos avoquemos a construir una democracia deliberativa, en donde se vea al otro como una persona con razón, intereses y fines propios pero dispuesta a dialogar para llegar a acuerdos mínimos sobre cómo debería.

Sin embargo, diariamente observamos que cuando se debate sobre cualquier asunto público lo que predomina es el ataque artero a la persona, la ridiculización o caricaturización de sus argumentos, el deslizamiento de intereses o motivaciones ocultas, la apelación al miedo, entre otras técnicas que se utilizan para descalificar a las ideas del oponente. No interesan los temas de fondo, menos comprender los intereses, inquietudes o necesidades de la otra parte. Tampoco buscar soluciones conjuntas a los problemas que enfrentamos. La única solución aceptable es la derrota o eliminación de la parte contraria. No se construye, solo se destruye. Lo único que interesa es vencer al contrario, se lo ve como un enemigo y no como alguien con el que podríamos dialogar para mejorar nuestra vida en sociedad. El debate público es visto como un campo de guerra.

Si las democracias modernas siguen por ese camino, éstas terminarán envenenando el debate público y crearán enemigos antes que oponentes con ideas distintas. Todos veremos enemigos antes que conciudadanos dispuestos a vivir en sociedad. Al final, la democracia se convertirá, nuevamente, en una anécdota en la historia de la humanidad. Para evitar este resultado, hay que redescubrir, como bien Michael Sandel, el arte perdido de la discusión democrática.

En este artículo trabajo defenderemos la idea de que la creencia en la razón, así como la promoción del pluralismo y la tolerancia por las ideas ajenas son condiciones necesarias para que la democracia subsista.

1.   La creencia irracional en la razón

En su libro The Open Society and Its Enemies, Karl Popper planteaba que la primera premisa o hipótesis que se formula acerca del funcionamiento o del conocimiento que tenemos sobre el mundo, no se encuentra sustentado en explicaciones racionales, sino en determinadas actitudes que pueden basarse en cuestiones emocionales, sentimentales, morales, etc. En efecto, Karl Popper señala que:

“todo aquel que adopte la actitud racionalista [base del conocimiento científico] lo hará porque ya ha adoptado previamente, sin ningún razonamiento, algún supuesto, decisión, creencia, hábito o conducta que caen dentro de lo irracional. Sea ello lo que fuere, podríamos darle el nombre de fe irracional en la razón[1]”.

Si bien el punto inicial de cualquier teoría no puede ser objeto de demostración, porque ello nos llevaría a preguntarnos acerca de cuál es el fundamento de esa fundamentación y así sucesivamente hasta que llegaremos a un punto donde nos podremos encontrar ninguna respuesta a nuestras pregunta. Eso implica que algún momento deberemos optar por una determinada concepción sustentada únicamente en nuestras actitudes o emociones.

Karl Popper nos pide que ese punto sea la creencia en la razón; en que a partir de la presentación de evidencia y argumentos se puede analizar y evaluar la validez de una determinada teoría en la vida de los seres humanos. En efecto, si bien la fundamentación inicial de una determinada concepción del mundo no se encontrará fundamentada en algún tipo de argumento, las consecuencias y teorías que elaboremos a partir de ella, si deberían encontrarse debidamente sustentadas.

Es en las hipótesis y consecuencias derivadas de la premisa inicial que debemos adoptar una actitud crítica. Debemos analizar y evaluar qué consecuencias y efectos tiene una determinada teoría en la vida de las personas, para lo cual será necesario ofrecer argumentos y evidencia que demuestren que nuestras afirmaciones son, realmente, verdaderas y no sólo buenos deseos o imposiciones que nosotros le queramos imponer a los demás. En ese sentido, Karl Popper señala que:

“Existe sólo un elemento de racionalidad en nuestros intentos por conocer el mundo: el examen crítico de nuestras teorías. Estas teorías en sí mismas son conjetura. No sabemos: sólo conjeturamos. Si me preguntara usted. “¿cómo sabe….?, mi respuesta sería: “No sé; sólo propongo una suposición. Si está usted interesado en mi problema, me complacerá mucho que critique mi suposición, y si expresa usted contrapropuestas, yo, a mi vez, trataré de criticarlas”.Estoy convencido de que esto constituye la verdadera teoría del conocimiento (que deseo someter a la crítica del lector): la verdadera descripción de una práctica que surgió en Jonia y que se ha incorporado a la ciencia moderna (aunque hay muchos científicos que aún creen en el mito baconiano de la inducción): la teoría de que el conocimiento se desarrolla por medio de conjeturas y refutaciones”.[2]

En su obra Conjetura y Refutaciones, Karl Popper señala que “…el criterio para establecer el status científico de una teoría es su refutabilidad o su testabilidad”[3]. Este criterio debería ser trasladado a la teoría política y al Derecho al analizar y evaluar las consecuencias de una teoría sobre la vida de las personas. Las consecuencias políticas de aceptar esta teoría en la política y el Derecho son sumamente importantes y pueden marcar la diferencia acerca de si el régimen político que gobernará a una sociedad es un Estado Constitucional o un Estado autoritario, o en el extremo totalitario. En ese sentido, Popper señala en su libro la sociedad abierta y sus enemigos (the open society and its enemies), que:

(…) utilizamos la palabra “racionalismo” para indicar, aproximadamente, una actitud que procura resolver la mayor cantidad posible de problemas recurriendo a la razón, es decir, al pensar claro y a la experiencia, más que a las emociones y a las pasiones. (…) Por consiguiente, para ser más precisos, convendrá explicar el racionalismo en función de las actitudes prácticas o de la conducta. Podríamos decir, entonces, que el racionalismo es una actitud en que predomina la disposición a escuchar los argumentos críticos y a aprender de la experiencia. Fundamentalmente consiste en admitir que “yo puedo estar equivocado y tú puedes tener razón y, con un esfuerzo, podemos acercarnos los dos a la verdad”[4].

Como puede apreciarse, la actitud que las personas deben adoptar al plantear una teoría sobre cómo funciona la realidad o el valor de una forma de vida debería ser la de fomentar la crítica a sus planteamientos, toda vez que otras personas pueden ofrecer perspectivas que nosotros no habíamos visto o, incluso, encontrar fallas en nuestro razonamiento, lo cual contribuirá al mejoramiento de nuestras teorías. Sin embargo, ello no significa que aceptemos cualquier posición, dado que nosotros debemos defender nuestros planteamientos y será producto de este debate que se determinará cuál es la teoría más adecuada o, de ser el caso, se descubrirán nuevas formas de organizar a la sociedad.

Ahora bien, esta actitud frente al conocimiento es sumamente importante, especialmente, en las ciencias naturales, en donde la discusión sobre una determinada teoría debe de estar basada en hechos, experimentación y la consistencia lógica de la teoría. Sin embargo, en las ciencias sociales y, en específico, al resolver problemas que atañen a la vida en sociedad, creemos que esta posición no es suficiente. Las sociedades debemos fomentar el pluralismo y la tolerancia, ya que ellas nos permitirán conocer nuevas perspectivas que un individuo en concreto podía desconocer. El pluralismo y la tolerancia son dos elementos necesarios para complementar la fe en la razón y, de esa manera, lograr que el debate de los asuntos públicos sea más argumentativo y provechoso para la sociedad.

2.   El pluralismo y la tolerancia en la discusión democrática

Una de las principales características del Estado Constitucional es que los criterios finales que guiarán la actuación de los órganos públicos son los principios y valores recogidos en la Constitución, antes que por reglas que establezcan qué puede o no hacer una persona o una entidad pública. La Constitución enuncia un conjunto de derechos, principios y valores, pero no dice qué conductas concretas se encuentran dentro de cada norma, por lo que se deja un gran campo[5]de determinación a los poderes constituidos para que éstos les vayan dotando de contenido en función a los problemas concretos que se vean enfrentadas las sociedades.

El hecho de que sean los poderes constituidos los que desarrollen el contenido concreto que se les dará a los distintos principios y valores implica que exista una diversidad de posiciones sobre el contenido que se le puede dar a cada uno de ellos, lo cual no tiene por qué ser algo negativo o perjudicial para una sociedad. Por el contrario, la existencia de diversas posiciones puede ser algo deseable dentro de una sociedad, dado que permite conocer otras formas de vida que podrían ser valiosas. Asimismo, nos fuerza a preguntarnos por qué la forma de vida que defendemos es mejor que otras y a descubrir las fortalezas y debilidades de nuestra posición, y producto de esa defensa podremos descubrir matices que quizás antes no habíamos apreciado. Como se diría no todo tiene por que ser blanco o negro, sino que puede existir en el medio ciento de matices.

2.1.        El pluralismo y la búsqueda de nuevas perspectivas de convivencia

Para Kaufmann, el pluralismo es un elemento esencial de la democracia. El conocimiento no se obtiene en solitario sino que exige un esfuerzo cooperativo, que es la esencia de la democracia. Por el contrario, los enemigos del pluralismo, desean que todos sean de la misma opinión[6]. En ese mismo sentido, Giovanni Sartori señala que el pluralismo afirma un valor propio, que la diversidad y el disenso son valores que enriquecen al individuo y también a su ciudad política[7]. Una sociedad en donde todos piensan igual, en donde todos tienen los mismos gustos y preferencias, es una sociedad sosa, en donde no habrá progreso, en donde no se podrán desarrollar nuevas perspectivas sobre el conocimiento humano, en donde no se podrá buscar nuevas formas de vida que puedan enriquecer la nuestra. Si valoramos e incluso incentivamos el pluralismo, debemos aceptar otras posiciones e incluso los errores que puedan cometer los demás o nosotros mismos. Es aceptar que yo puedo estar equivocado y que el otro puede tener la razón, o que incluso ambos estamos equivocados, y que es a través de la discusión racional que ambos llegamos a una mejor solución para nuestros conflictos.

Por ello, si deseamos ser una sociedad abierta al cambio o a nuevas formas de vida, debemos garantizar la existencia del pluralismo, esto es, que cada persona o grupo humano pueda afirmar su individualidad, valores e ideas frente al resto de la sociedad. De esa manera, podríamos apreciar las distintas concepciones que pueden existir acerca de una determinada forma de vivir o de organizar la sociedad.

2.2.        La tolerancia como presupuesto para fomentar el pluralismo

Para garantizar el pluralismo es necesario que exista respeto por los valores e ideas ajenas, esto es, tolerancia. Si en una sociedad no existe tolerancia por las ideas ajenas, esto es, respeto por lo que el otro pueda decir acerca de lo que piensa sobre la sociedad, no sería posible que exista una crítica, dado que nadie se atrevería a manifestar sus ideas libremente si es que puede verse perjudicado por lo que dice. Así, se puede afirmar que una condición previa para que una sociedad sea plural es que sea tolerante frente a las ideas y valores ajenos, más aun, en las sociedad actual, en donde los avances del conocimiento en aspectos como la genética, la biología, la medicina, las comunicaciones, etc., han transformado y transformarán las relaciones humanas, pudiendo surgir una variedad de nuevos conflictos que pueden tener altas connotaciones éticas. En ese sentido, Kaufmann señala que debido a la complejidad de la sociedad, ésta sólo puede funcionar como sociedad abierta. Y también la argumentación racional puede dar resultado sólo en un sistema abierto, en donde el número de los posibles argumentos es básicamente ilimitado[8].

Mas, la tolerancia se encuentra atada a la responsabilidad. Si la sociedad acepta que las personas son libres para pensar y actuar como deseen, es porque consideran que pueden ser responsables por sus actos. Si afectan a su esfera personal, serán responsables por los beneficios y perjuicios que sus ideas y actos les puedan acarrear. Pero, si sus actos tienen efectos negativos sobre los demás, ellos deberán responder por éstos[9]. El Estado sólo intervendrá, en principio, cuando un acto ocasiona un daño en la integridad o los bienes de los demás.

Por ello, Kaufmann señala que la tolerancia también tiene límites. No es una contradicción lógica que el tolerante diga que no tolera la intolerancia, pues esta proposición se encuentra en una relación escalonada de objeto y metaobjeto. Tolerancia no significa que yo acepte la opinión, la conducta de los otros, que yo la apruebe. Precisamente donde yo no hago esto tengo que demostrar la tolerancia. Conforme a esa medida, puede decirse que el mero soportar el error no es genuina tolerancia[10]. Mientras que las ideas o actos de una persona no causen daño a otros, la sociedad no debería intervenir, así yo desapruebe la forma de pensar o actuar de esta persona; Sin embargo, si los actos de una persona ya causan daño a otros en su integridad o en sus bienes, sí se impone un deber ético de intervención por parte de la sociedad de resguardar la integridad o los bienes de sus integrantes. Excepcionalmente, se podría imponer normas destinadas a resguardar la integridad del sistema político y económico.

Ahora bien, la creencia en la racionalidad, la promoción del pluralismo y la tolerancia no son suficientes para que exista una real comunicación entre las personas. Es necesario, además, que al debatir se oigan realmente los argumentos de la contraparte, que se entienda y comprenda cuál es el problema que trata de resolver y por qué plantea esa solución, cuáles son los aspectos emocionales y sentimentales, a partir de los cuales construyó su argumentación. Desde nuestro punto de vista, la teoría de la acción comunicativa nos podría servir en esa tarea.

3.   La teoría de la acción comunicativa como creadora de lazos comunicativos entre las personas.

La teoría de la acción comunicativa no sólo nos permite ver a los otros como personas, sino que también propugna un conjunto de mecanismos que haga viable la comunicación entre las personas. Así, para Habermas, el concepto de acción comunicativa se refiere a la interacción de al menos dos sujetos capaces de lenguaje y de acción que entablan una relación personal. Los actores buscan entenderse sobre una situación de acción para así coordinar de común acuerdo sus planes de acción y con ello sus acciones[11].  Esta es una teoría ético-moral en el sentido de que tratan de plantear una visión acerca de las relaciones entre las personas, pero, a su vez, busca formular un conjunto de condiciones que haga posible las relaciones intersubjetivas.

Un concepto interesante en la teoría de la acción comunicativa es la mimesis, que designa un comportamiento entre personas en la que una se asimila a la otra, se identifica con ella, se compromete afectivamente en ella. Lo que se busca es que las personas se sitúen en el lugar del otro, a efectos de que puedan sentir y entender la visión del mundo que puede tener la otra persona para comprenderla. Sólo sabiendo lo que el otro siente y piensa, es que realmente las personas podremos comunicarnos.

Se está aludiendo a una relación en que el extrañamiento que experimenta la una al seguir el modelo de la otra no implica una pérdida de si misma, sino ganancia y enriquecimiento[12]. En efecto, sabiendo lo que el otro piensa y siente acerca de la realidad, es que nuestra concepción del mundo se amplía y podemos incorporar otras vivencias a las nuestras. Dejamos de ser el centro del mundo, para darnos cuenta que existen otras visiones del mundo y que tenemos que conocerlas y comprenderlas para poder comunicarnos con los demás.

Desde la perspectiva de los participantes, entendimiento no significa un proceso empírico que da lugar a un consenso fáctico, sino un proceso de recíproco convencimiento, que coordina las acciones de los distintos participantes en base de una motivación por razones. Entendimiento significa comunicación enderezada a un acuerdo válido[13]. En otras palabras, lo que se debe buscar no es sólo lograr un acuerdo por el acuerdo, sino que realmente las partes estén convencidas totalmente de la bondad del acuerdo, luego de un proceso de reflexión mutua.

Se podría decir que la actitud primordial que deben tener las personas para resolver una diferencia que pueden tener es la confianza en que discutiendo racionalmente es posible llegar a solucionar el conflicto. Esta es una actitud hacia la forma de solucionar los conflictos. No es demostrable. Todas las partes deben tratar de plantear racionalmente sus posiciones, lo cual significa que se plantee el caso, los hechos que fundamentarían el caso, los problemas se han suscitado de tal o cual problema, la causalidad que existiría entre un hecho y otro, y los posibles mecanismos de solución. Sin embargo, ello no será suficiente cuando las diferencias culturales, sociales o emocionales que dividen a cada grupo son profundas. Es necesario que cada una de las partes trate de comprender a las otras. Tratar de saber el motivo de su reacción y cómo ellos pueden contribuir a la solución, así crean que la otra no tiene la razón.

En virtud a lo anterior, para que el resultado de un debate sobre un asunto público sea satisfactorio para sus participantes, es necesario que éstas ingresen al debate con las siguientes actitudes:

(i)    Crean que a través del ofrecimiento de argumentos y contraargumentos se podrán lograr acuerdos y soluciones aceptables para todos sus intervinientes;

(ii)   Se promueva que todos los participantes puedan manifestar su opinión y perspectivas sobre los problemas en debate;

(iii)  Se respete las ideas y perspectivas opuestas; y,

(iv)La partes traten de ponerse en el lugar de sus contrapartes a efectos de comprender y sentir lo que ellas les quieren transmitir y, de esa manera, descubrir cuál es su visión de la sociedad, a efectos de que descubrir cuáles son los valores, emociones y sentimientos que sustentan cada posición.

Si las partes ingresan a una discusión con estas actitudes, creemos que la dinámica del debate público será mucho más productiva en la búsqueda de acuerdos aceptables para todos y mejores formas de convivencia social.

Palabras finales.-

Desde nuestro punto de vista, la confianza en que la razón, la promoción y defensa del pluralismo, la tolerancia y el tener empatía con las necesidades, emociones y sentimientos de nuestros interlocutores son elementos necesarios para que el debate sobre los asuntos públicos sea una discusión destinada a encontrar soluciones que puedan satisfacer las necesidades e intereses de todas las partes envueltas en la controversia. Por el contrario, la falta de estos elementos origina que la discusión pública este plagada de diatribas en contra de su oponente, apelación al miedo, al odio, y, en definitiva, a la destrucción de la contraparte.

Si no queremos que nuestra democracia termine cavando su propia tumba, debemos empezar a redescubrir, como dice Michael Sandel, el arte perdido de la discusión democrática. Hay que empezar a descubrir qué elementos son necesarios para que los debates sobre los asuntos públicos sean mecanismos que permitan encontrar soluciones que puedan ser atractivas para sus intervinientes.

No queremos terminar nuestro ensayo sin dejar de mencionar que hasta ahora hemos mencionado qué actitudes debería tener una persona, a saber, fe en la razón, fomento de la pluralidad, tolerancia y empatía por entender las posiciones ajenas; sin embargo, para que este tipo de actitudes se vuelva parte de la conducta de las personas y de las instituciones es necesario crear los mecanismos e instituciones que creen dichas actitudes en las personas al momento de debatir asuntos públicos. Ambos aspectos son sumamente importantes, el qué y el cómo, si uno de ellos falta no se logrará construir una mejor sociedad.


* Estoy tomando prestado no sólo el título la conferencia dada por el gran filósofo de Harvard Michael Sandel en TED, sino que dicha conferencia ha inspirado en mucho este pequeño trabajo. Ahora bien, cualquier defecto en la argumentación del artículo es atribuible a mí, y no, obviamente, a este gran filósofo. El video de la conferencia lo pueden encontrar en el siguiente link:

http://www.ted.com/talks/michael_sandel_the_lost_art_of_democratic_debate.html

[1]      POPPER, Karl R. La sociedad abierta y sus enemigos. Tomo II. Buenos Aires: Editorial Paidos. p. 324.

[2]       POPPER, Karl R. Los comienzos del racionalismo. En: Popper. Escritos selectos. David Miller, compilador. México: Fondo de Cultura Económica, 1995. p. 30.

[3]       POPPER, Karl R. Conjeturas y Refutaciones. El desarrollo del conocimiento científico. Barcelona: Editorial Paidós, 1983. p. 61.

[4]        POPPER, Karl R. La sociedad abierta y sus enemigos.Tomo II. Buenos Aires: Editorial Paidos. p. 314.

[5]    Preferimos utilizar la frase “campo de determinación” que la frase “margen de determinación”, ya que esta última denota que el objeto ya se encuentra determinado, dejándose sólo algunos aspectos finales de su configuración a los poderes constituidos. Desde nuestro punto de vista, la Constitución no ha determinado el contenido concreto de los principios y valores que se encuentran contenidos en su texto, sino que serán los poderes constituidos los que tendrán que ir dotando de contenido y sentido a los enunciados constitucionales a partir del debate público.

[6]    KAUFMANN, Arthur. Filosofía del derecho. Bogota: Universidad Externado de Colombia, 2002, pp. 519 – 520.

[7]    SARTORI, Giovanni. La sociedad multiétnica. Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros. Madrid: Taurus, 2001. p. 19.

[8]      KAUFMANN, Arthur. Op. cit. pp. 528 – 529.

[9]    KAUFMANN, Arthur. Op. cit. p. 530.

[10]   Ibídem, p. 572.

[11]   HABERMAS, Jürgen. Teoría de la acción comunicativa. Taurus Humanidades: Buenos Aires. Tomo I, p. 124.

[12]   Ibídem. p. 497.

[13]   HABERMAS, Jürgen. Op. cit. p. 500.

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