Mañana 15 de setiembre se celebra el Día Internacional de la Democracia, fecha en la que es necesario reflexionar acerca del desarrollo de la democracia en esta parte del continente. Tal y como menciona el Informe del Programa de las Naciones Unidas:“América Latina presenta actualmente una extraordinaria paradoja. Por un lado, la región puede mostrar con gran orgullo más de dos décadas de gobiernos democráticos. Por otro, enfrenta una creciente crisis social”[1]. El origen de la democracia se remonta a muchos años antes de Cristo y su concepto en pleno siglo XXI adquiere diversos matices, cuestión que se tratará de abordar en el presente editorial.
En primer lugar, la democracia, conceptualmente hablando, surgió en Atenas como una suerte de gobierno de las mayorías. Sin embargo, esta definición no está a la talla de la complejidad que se requiere, tomando en cuenta los diversos cambios ocurridos a lo largo de la historia. Hacia finesdel siglo XIX, filósofos como John Stuart Mill afirmaban que el problema de la democracia era una supuesta “tiranía de la mayoría” o una “opresión de la sociedad sobre el individuo”[2]. De esta forma, Sartori se apoyaba en las ideas de Kelsen para mencionar que una de las características principales de la democracia era el respeto por las libertades de las minorías, el rechazo del sometimiento de un grupo sobre una idea mayoritaria.
Citando a Kelsen, Sartori daba aún más énfasis a este punto crucial para entender la democracia: “si las minorías no son tuteladas se cae en la hipótesis de encontrar una mayoría a favor de la nueva opinión, porque quien pasa de la opinión en mayoría a la de minoría caería instantáneamente en el número de aquellos que no tienen derecho de hacer valer su propia opinión”[3]. Siguiendo esta línea, se pueden entender ciertos debates actuales en torno a los derechos de ciertas “minorías”, viéndose no desde un lado de igualdad, sino simplemente de libertades innegables.
Ahora, si bien en América Latina ha habido una fuerte inclinación por la democracia en los últimos años, el problema es que sus bases no son sólidas y la población no tiene interiorizada la importancia de un sistema demócrata. Asimismo, el informe del PNUD antes referido afirma que“la proporción de latinoamericanas y latinoamericanos que estarían dispuestos a sacrificar un gobierno democrático en aras de un progreso real socioeconómico supera el cincuenta por ciento”[4]. Para ello, un ejemplo nada alejado de nuestra realidad es el autogolpe del 5 de abril de 1992, cuando el expresidente Alberto Fujimori, con respaldo de las Fuerzas Armadas, disolvió el Congreso de la República e intervino el Poder Judicial, suceso que tuvo un gran respaldo por parte de la población peruana.
Uno de los más grandes desafíos de América Latina en el marco de una consolidación de la democracia es superar las tasas de desigualdad en calidad de vida y disminuir los elevados índices de pobreza. “El informe valora los principales avances de la democracia como régimen político en América Latina, e identifica a la desigualdad y la pobreza como sus principales deficiencias. Plantea, además, la urgencia de una política generadora de poder democrático, cuyo objetivo sea la ciudadanía integral”[5].
Al referirse a la ciudadanía integral, el informe busca un mayor alcance del ciudadano; es decir, no limitarse a un plano meramente cívico-político, sino garantizar el debido respeto a los derechos fundamentales de cada individuo. De esta forma, el fin de la democracia en América Latina será garantizar el efectivo acceso a los derechos cívicos, sociales, económicos y culturales de cada individuo, dejando de lado todo tipo de discriminación.
La importancia de los derechos fundamentales se basa en el simple hecho de la existencia de los seres humanos, condición que nos otorga una serie de derechos y libertades que deben ser garantizados y protegidos. Su importancia se ve reflejada en la protección que les brindan las constituciones de cada país. En el caso peruano, nuestra Constitución Política de 1993 protege los derechos fundamentales de la personas en cada inciso del artículo 2 y en el artículo 3. Por lo tanto, una de las características más importantes de un Estado Social y Democrático de Derecho es la expresa protección y garantía de los derechos fundamentales.
De esta forma, dos condiciones para la democracia en América Latina son necesarias esencialmente: la participación política y los controles al ejercicio del poder. La importancia de la participación política también es un factor que confronta uno de los mayores límites de la democracia en nuestro continente: la pobreza y desigualdad social.Un líder brasileño resume esta breve explicación: “la pobreza es difusa, no organizada […]. Cuanto más se perfecciona el poder democrático, más aumentan las presiones de abaja hacia arriba [para que sus problemas sean tenidos en cuenta]. Y eso es lo que ocurre […], [hay] más organizaciones democráticas, más organizaciones de la sociedad y más presión de abajo hacia arriba. Es la prueba que ahora debemos pasar”[6]. Por otro lado, el factor de los controles de ejercicio de poder se manifiesta, principalmente, en la existencia de medios de comunicación independientes, que, en teoría deberían ser, evidentemente, un medio de control y crítica.
Asimismo, la democracia en América Latina se ve mermada por diversos grupos, tanto económicos, mismos poderes constitucionales, fuerzas armadas, medios de comunicación y organismos extraterritoriales (embajadas, multinacionales). De estos, un grupo que limita la democracia, paradójicamente, es el de los partidos políticos[7]. Esto debido a que la población cada vez se siente menos representada y no ve en estos partidos un mecanismo ideal para la efectiva garantía de sus derechos. Sin lugar a dudas, una de las tareas y grandes desafíos de los gobernantes latinoamericanos y todos como ciudadanos es cambiar este panorama y escepticismo, donde los únicos damnificados son el pueblo latinoamericano y las futuras generaciones.
De tal manera, de la misma forma que concluye el informe del PNUD, señalamos que el eterno desafío de América Latina es el fortalecimiento y consolidación de la democracia. Para que la democracia no se disuelva como un mero ideal, la consigna es agotar todos los medios necesarios para su efectivo funcionamiento.
Desde este editorial, invitamos especialmente a los jóvenes a asumir este rol trascendental, pues tal y como lo dijo el Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon: “hago un llamamiento a los miembros de la generación de jóvenes más numerosa de la historia para que enfrenten desafíos y piensen qué pueden hacer para resolverlos. Para que tomen el control de su destino y traduzcan sus sueños en un futuro mejor para todos”. El respeto hacia los derechos fundamentales es trascendental para poder seguir firmes hacia una consolidación de la democracia en esta parte del continente y, especialmente, en el Perú.
[1]PROGRAMA DE LAS NACIONES UNIDAD PARA EL DESARROLLO. “La democracia en América Latina: hacia una democracia de ciudadanos y ciudadanas”. 2da edición, Buenos Aires: Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, 2004, p. 13. Consulta: 13 de setiembre de 2014.
http://www2.ohchr.org/spanish/issues/democracy/costarica/docs/PNUD-seminario.pdf
[2]SARTORI, Giovanni. “¿Qué es la democracia?”. Buenos Aires: Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, 2003, p. 135.
[3]Ídem, p. 16.
[4]PROGRAMA DE LAS NACIONES UNIDAD PARA EL DESARROLLO, Óp. Cit.
[5]PROGRAMA DE LAS NACIONES UNIDAD PARA EL DESARROLLO, Loc. Cit., p.26.
[6]Ídem, p. 151.
[7]Ídem, pp. 155-162.
