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La constitución crucificada

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La semana pasada se cumplió un aniversario más del funesto golpe de estado perpetrado por Fujimori y sus secuaces el año 1992. Mucha agua ha corrido bajo el puente desde entonces, pero, es innegable que el Perú de hoy, para bien o para mal, es lo que es, en gran medida, por ese hecho. ¿Qué cambio desde entonces a la fecha? La pregunta es muy amplia como para ser respondida en un post como éste, pero deseo, en todo caso, responderla considerando la valoración y compromiso con la Constitución que había en esa época y que hay ahora.

Para empezar el golpe del 5 de abril supuso el quiebre de la institucionalidad democrática y el desprecio más feraz a la Constitución y lo que ella representa. En esto no hay, ni debe haber, ambages. No hay pretexto que justifique un golpe. Ni la crisis económica, ni la inseguridad, ni la insania terrorista, ni nada. Si damos por descontado, como hacían los romanos, que ante situaciones de grave crisis es lícito traerse abajo la democracia, damos por descontado, al mismo tiempo, que quien decide eso será no el pueblo ni sus instituciones, sino el más fuerte, el más vivo o el más corrupto. Las crisis, cualesquiera que estas sean, se superan en democracia, pues es este sistema, con todas sus imperfecciones, el único que nos permite opinar y disentir con libertad, hacer ver al otro sus errores, o protestar, enérgicamente, contra lo que aprueba o desaprueba una mayoría. Cuando no hay democracia, o cuando hay como en los 90´s un remedo de ella, el disenso desaparece y las voces criticas son acalladas o con la fuerza de los medios, o con la fuerza de las botas de los militares.

El golpe del 5 de abril nos legó, asimismo, la conciencia de que hacer política era intrínsecamente algo malo. Nos envió el mensaje, a base de movimientos y música chicha, de que la política era una actividad que cumplían unos señorones indolentes, ajenos a las preocupaciones del pueblo y que si uno, en verdad, quería hacer algo por su país debía trabajar muy duro, al margen de ese aquelarre que eran las audiencias públicas, y las protestas, y las acciones judiciales contra el Estado, cuando este, desde nuestra ingenuidad, no hacia lo correcto. Hoy sabemos felizmente que eso era una vil mentira. Un pretexto para que quienes no se hacían llamar políticos gobernaran a sus anchas y en el camino nos legaran la herencia que hoy apenas si atinamos a comprender: el quiebre de las instituciones políticas, la perdida de compromiso con el bien común, la crítica y la indignación contra los “políticos” corruptos, etc.

Y como telón de fondo de todo eso estaba, como entonces y como hoy, la Constitución. La Constitución de 1993 fue el resultado de esa situación caótica y deprimente a que nos condenó el fujimorismo, pero fue, al mismo tiempo, el resultado de nuestro temor al futuro, a lo que vendrá. Al principio sirvió para justificar las peores tropelías, desde que nuestra democracia era sui generis y, por tanto, nadie debía intervenir en ella ni siquiera para defender los derechos humanos de las minorías o para pedirle cuentas al régimen, hasta que hay una clara escisión entre gobernantes y gobernados y que son los primeros, en desmedro de los segundos, los únicos autorizados a tomar decisiones en momentos difíciles.

Si hoy, 20 años después, hemos recuperado en parte nuestra institucionalidad no ha sido, como sostienen algunos despistados, por el Fujimorismo, sino a pesar de él. Y la Constitución de 1993 que vino a remplazar una Constitución plural y legítima como la de 1979 ha sobrevivido no tanto por su origen espurio como por una cualidad que las Constituciones, en cualquier lugar del mundo, poseen, su ductilidad. Nuestra Constitución, por ello, no corresponde a un momento específico ni se agota en él, pertenece a todos los días y se actualiza a medida que nuestros valores y principios van cambiando. Nuestra Constitución es viva, no por designio divino o de algún dictador, sino porque, pese a todas las dificultades que hemos atravesado, hemos evolucionado también, en parte, como sociedad. No estoy seguro si eso será suficiente para que nunca más volvamos a vivir un 5 de abril en nuestra historia, pero sí, de que al menos, lo que los asesinos de la democracia quisieron que sea la Constitución de 1993 ya no lo es en el presente.

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