The Walking Dead y el derecho

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Se trata de redescubrir la sangre que se secó en los códigos, y, por consiguiente, no lo absoluto del derecho bajo la fugacidad de la historia; no de relacionar la relatividad de la historia con lo absoluto de la ley o de la verdad; sino, bajo la estabilidad del derecho, de redescubrir lo infinito de la historia; bajo la fórmula de la ley, los gritos de guerra; bajo el equilibrio de la justicia, la desproporción de las fuerzas»

Foucault, En defensa de la sociedad


Por intermedio de un amigo en casa empezamos a seguir la serie The Walking Dead.  Esta serie ha ganado una serie de premios de la crítica y ha alcanzado grados de sintonía muy elevados.

La trama es aparentemente sencilla: una extraña enfermedad aparece en la tierra, se propaga de manera célere y no es posible curarla. Luego de diversos síntomas la persona afectada fallece pero posteriormente resucita. Esta nueva especie («los caminantes») no razona, no se comunica, se altera con el ruido y se alimenta de las personas sanas o de otros seres vivos. En efecto, se lanzan a mordiscos con todo lo que encuentran ya que lo único que sienten es hambre[1]. No tienen conversación, “no hablan, no piensan, no tienen propósito. No recuerdan nada, no saben nada. No saben quiénes son”. [2]

La única manera de lidiar con ellos es matándolos con un golpe certero en la cabeza. En suma, no es posible la convivencia ni el diálogo.

El anterior contexto y el creciente número de infectados obliga a las personas sanas a huir de sus casas, de las ciudades, y a refugiarse en hospitales, prisiones, o a recluirse de manera colectiva en campamentos estables o nómades.

Asimismo, el Estado ha desparecido y, con ello, la autoridad y las leyes son obviadas.  Dicha situación, aunado a la inexistencia de una fuerza coercitiva por encima de los individuos, nos retrotrae a aquellos tiempos donde las personas y sus intereses –ante la ausencia de un orden jurídico- se anteponían a los intereses de los demás en función al uso de la fuerza más que de la razón.

De ese modo, quien detenta el poder fáctico es quien se abre camino en este nuevo mundo sin reglas ni fiscalizadores.  El problema ya no se concentra en la enfermedad ni en los hambrientos muertos resucitados; sino en habitar con otros seres humanos en medio de una total anarquía y caos.

No es gratuito que los personajes que lideran los grupos sepan manejar armas o se traten de ex policías o combatientes; que la sobrevivencia no se concentre en la obtención de agua, comida y albergue sino también de armamento y municiones. Que se entrene a las personas a defenderse y que se adopten medidas extremas (como asesinar a otros seres humanos que aún no muestran síntomas de enfermedad para obtener la sobrevivencia propia); o que las ansias de poder o de supervivencia admitan conductas que en escenarios normales las rechazaríamos.

The Walking Dead relata el tránsito y la llegada de nuestra sociedad -condicionada por nuestros ordenamientos jurídicos, sociales e institucionales – hacia el caos social: se rompe con el contrato social, con las reglas jurídicas, con la moral individual y, con ello, se permite la exploración de una naturaleza humana sin ataduras, convencionalismos o reglas[3]. “La animalidad del ser humano se desnuda. En cierta forma, podríamos decir que, si la sociedad actual es un reloj cuyo mecanismo de funcionamiento es impulsado por las estructuras de poder, en ´The Walking Dead´ vemos los engranajes desnudos de cualquier revestimiento.[4]

Precisamente, el logro de la serie es mostrarnos en un estado natural, sin ninguna muralla que contenga nuestros actos.  Incluso, la serie muestra esa lucha interna de algunos protagonistas para evitar deshumanizarse en medio de toda esta locura.

The Walking Dead es un mosaico de crueldades ya que nos evidencia lo que somos capaces de hacer en un medio donde el poder fáctico no tiene control.  Dicho de otro modo, los enfermos y resucitados ya no son el principal problema: han pasado a ser parte del paisaje brusco y hostil de este nuevo mundo.  Por el contrario, el principal problema son los humanos sanos: si a los enfermos resucitados “se los puede eliminar casi caritativamente olvidando que alguna vez fueron también humanos (…) a los que todavía no son zombies hay que clasificarlos como enemigos potenciales[5].

Precisamente, un punto valioso de la serie –viéndolo desde el plano jurídico- es que nos invita valorar las instituciones jurídicas de convivencia que hemos creado. Ya sea que el derecho tenga por objeto resolver conflictos, controlar el poder, permitir el intercambio eficiente de bienes o servicios o perfeccionar el mercado; cualquier finalidad tendrá un objetivo común: la adecuada convivencia social.

Una sociedad, un pueblo, un centro de trabajo, una organización requiere de ciertas reglas mínimas; de lo contrario no tendrá futuro.  La serie, pues, confronta el mundo que hemos construido –imperfecto- con aquél donde las reglas mínimas han desaparecido, donde quienes detentan un poder fáctico lo imponen sobre las demás personas, donde no existen procesos ni legalidad ni coercitividad por encima de los individuos.  Un mundo, en suma, similar al tráfico de las calles si estuvieran carentes de reglas de tránsito, de semáforos, de señalizaciones y de policías de tránsito.

Y dentro del epicentro de caos, donde las personas sanas son una minoría cuya extinción sienten próxima, la ausencia de reglas mínimas, produce un espiral de violencia, de inequidades, de incertidumbre que hace imposible –al parecer- recobrar la civilización tal y como la conocemos.

En The Walking Dead somos testigos de la derrota de la normalidad, de la conclusión de los derechos y de los deberes mínimos de las personas (de los ciudadanos); pero al mismo tiempo somos espectadores de las mismas conductas humanas (egoísmo, odio, exclusión, racismo, corrupción, autoritarismo, etc.) que continúan funcionando y exacerbándose dentro los extremos que el nuevo mundo impone.

De esa forma, los caminantes, los errantes, ya no son los muertos sino los vivos, quienes tarde o temprano serán víctimas de otros individuos o sucumbirán a su propia deshumanización.  Dentro de este mundo, ese es el reto de las personas, impedir que se deshumanicen; ese deberá quizá ser el reto del derecho: impedir nuestra deshumanización.


[1] http://www.abc.es/20121016/cultura-cultural/abci-cultural-libros-walking-dead-201210161148.html

[2] Ibidem.

[3] http://reescritura.wordpress.com/2014/10/13/the-walking-dead-y-la-dialectica-hombre-sociedad/

[4] Ibidem.

[5] http://artezeta.com.ar/biopolitica-y-sociedad-de-normalizacion-en-the-walking-dead/

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