Un alto en el camino: busquemos la cultura tributaria del respeto mutuo

3423
0
Compartir
  1. Cultura de sospecha e intolerancia

La globalización de las comunicaciones ha puesto de relevancia la cantidad de relaciones de sospecha e intolerancia que ocurren cotidianamente en la casi unanimidad de sociedades que hay en nuestro planeta. Muchas de ese tipo de relaciones se instauran entre los Estados y entre instancias de estos y los ciudadanos.

Ya hace mucho tiempo atrás, Sigmund Freud (el maestro del psicoanálisis) había desarrollado una línea de pensamiento en el sentido de entender que tales tipos de relación de sospecha e intolerancia se incubaban en los pequeños grupos humanos (la familia y las instancias educativas iniciales) y luego se diseminaban al resto del conjunto de la sociedad, pues detrás de ellas había de manifiesto una “cultura de la desigualdad”, según la cual en las organizaciones sociales –en virtud a realidades organizativas, económicas, legales o culturales– existe la tendencia a que sus actores asuman el rol de (“se sientan como si fueran”) oprimidos u opresores.

En otro ámbito pero quizás en la misma línea, Carl Schmitt hablaba de que las relaciones políticas (en el sentido de la búsqueda del bien común) se sometían al binomio amigo/enemigo, lo que indefectiblemente llevaba a la confrontación y por ende al aniquilamiento del otro. Sin duda, esos modelos culturales llevarían a soluciones que provenían de la lucha frontal entre los contendores, de modo que alguno debía ganar y el otro perder.

  1. Percepción de la relación fisco – contribuyente

Nuevamente percibimos un serio deterioro en la relación entre el fisco y los deudores tributarios. A eso abona, sin duda alguna, la manera como la SUNAT ha abordado en los últimos años su labor recaudadora y su lucha contra la elusión y evasión fiscal, con miras a elevar la presión tributaria a los niveles que se comprometió la actual administración gubernamental. En otra oportunidad hemos comentado y criticado algunas “malas maneras” que usa nuestra Administración Tributaria en su relación con el ciudadano, especialmente en sus actuaciones de verificación tributaria y/o control de obligaciones formales, o en la aplicación elástica de ciertas facultades discrecionales, que puede acabar desvirtuando las finalidades y por ende volviendo su efectivización en actos arbitrarios.

Empero, consideramos que al deterioro mencionado le subyace un fenómeno que creemos que cada vez se instaura más entre algunos especialistas tributarios privados y varios de los más importantes funcionarios de la SUNAT: una relación de sospecha e intolerancia mutua. Esta se expresa en espacios reservados y en varios casos ya en el ámbito público, diríamos más en la formación de la opinión pública nacional.

Así, para algunos funcionarios de la SUNAT, el contribuyente siempre está buscando subterfugios para eludir e incluso evadir el impuesto y sus asesores tributarios no solo avalarían esa perspectiva sino que la promueven y la incitan con miras a generar mayores necesidades de asesoría por parte de esos contribuyentes.

Posiblemente eso explica mejor porqué muchas de las normas que aprueba la SUNAT –y por cierto también las leyes y reglamentos tributarios producidos por el Gobierno nacional- están pensadas justamente en esa premisa, de modo que acaban siendo engorrosas, difíciles de entender e incluso de aplicar porque no están hechas para que el fenómeno tributario conviva en la mayor posibilidad de armonía con la actividad empresarial sino para crear controles formales o materiales que puedan ser útiles a la actividad de fiscalización de los funcionarios de la Administración Tributaria.

La situación se ha trasladado al ámbito internacional, pues los funcionarios internacionales adscritos a foros de origen gubernamental, como la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), han recogido el discurso ético-tributario basado en el binomio deber de contribuir/capacidad contributiva, que promovió la búsqueda de la lucha contra la doble o múltiple imposición tributaria, para sustituirlo por uno de lucha contra la planificación fiscal internacional agresiva que empieza a derivar en la creación de instrumentos de lucha contra el fraude de ley en el marco de las instituciones del Derecho Internacional Tributario. El Plan BEPS, del que nos hemos ocupado en nuestras publicaciones desde que fue anunciado, muestra mucho de esta situación.

Por otro lado, volviendo al ámbito nacional, para algunos especialistas tributarios privados, los funcionarios de la SUNAT siempre están buscando recaudar a costa del contribuyente, haciendo interpretaciones alambicadas de las normas que muchas veces lindan con la ilegalidad y lo arbitrario, exigiendo que se prueben nimiedades en los procedimientos de fiscalización y resistiéndose a los criterios que resuelven en el Tribunal Fiscal o en el Poder Judicial.

A nivel internacional encontramos también algunas reacciones en el mismo sentido, al punto que se compara a los fiscos nacionales con el personaje del Sheriff de Nottingham en la versión clásica de la historia de Robin Hood. Se culpa al Fondo Monetario Internacional (FMI), y por cierto también a la OCDE, de lo complicadas que son en la actualidad las legislaciones tributarias nacionales, especialmente las vinculadas a la inversión extranjera. Se critica que fue el FMI y la OCDE quienes promovieron, entre otros, los Impuestos a la Renta Empresarial sobre base de residencia, las reglas de Precios de Transferencia (Transfer Pricing Regime, en inglés), las cláusulas de Transparencia Fiscal Internacional (Controlled Foreign Companies Rules, en inglés); que no han hecho sino agravar la imposición mundial de manera inadecuada.

  1. Hacia una cultura de respeto mutuo

Sin duda, como se ve, se trata de posturas maniqueas, pues ni la SUNAT (y la mayoría de fiscos nacionales) es abiertamente arbitraria e irreflexiva, ni todos (y mucho menos la mayoría de) los contribuyentes (incluidos las empresas multinacionales) somos estafadores o actuamos de mala fe. Sin duda, la realidad muestra muchos más claros oscuros que los blancos y negros que nos plantea este modelo cultural polarizado.

Por eso, nos parece que todos los implicados en el tema tributario tenemos la obligación de tornar esa cultura de la desigualdad, por una del mutuo respeto, en la que se abran posibilidades de entendimiento de los roles que a cada cual nos toca asumir y se promuevan canales de diálogo y acuerdos que permitan que la relación fisco-contribuyente cambie a una “cultura del respeto mutuo”.

Eso, sin duda, es una exigencia del modelo constitucional, que nos alienta a todos a que hagamos el proyecto de vida que queramos tener y a la vez que respetemos las opciones legítimas de proyecto de vida de los conciudadanos. También es un imperativo ético, en el sentido que se demanda el respeto al otro para que se reconozca el respeto a uno. Además, y por eso no menos importante, es una necesidad de orden económico, pues el mejor negocio en términos sociales ocurre cuando todos ganamos siempre, esto es que la Administración pueda recaudar adecuadamente y los contribuyentes tengamos la sensación de que el pago del tributo no resulta tan injusto.

  1. Algunos pasos por dar

Claro, es verdad que en el plano nacional, a eso ayudaría mucho que el Estado haga mejor su papel. En primer lugar fortaleciendo la independencia y autonomía de la SUNAT y de los órganos de solución de conflicto, como el Tribunal Fiscal o las instancias del Poder Judicial. Pero, además, y en concreto, en términos legislativos, adecuando la legislación tributaria, con miras a hacerla más justa y a la vez más eficiente.

Además, el Estado debería actuar con propiedad y eficiencia en la ejecución del gasto del dinero recaudado, de modo que promueva realmente la justicia social, la paz colectiva y las oportunidades de crecimiento y desarrollo de todos.

En el plano internacional, ha hecho bien la OCDE en abrir la discusión en torno al Plan Beps a las empresas multinacionales y sus asesores jurídicos y contables, e incluso a los ciudadanos interesados, entregando información oportuna de las discusiones e incluso creando foros para discutir abiertamente lo que se está cocinando en torno a ese tema. También ha hecho bien dicho organismo, en coordinación con el Centro Interamericano de Administraciones Tributarias (CIAT), cuando ha promovido un proceso de discusión entre las administraciones tributarias y los contribuyentes sobre una cooperación reforzada para el cumplimiento tributario, que ha de generar una serie de instituciones y protocolos en los Estados que permitan llegar a la mencionada “cultura del respeto mutuo.

Pensamos que sería bueno que todos (sin importar el lugar desde el que interactuamos en la dinámica tributaria) planteemos potenciar en nuestras agendas personales, empresariales e institucionales que nuestras acciones y proyectos individuales y colectivos afiancen una sana cultura relacional en materia tributaria. ¡Este es mi deseo tributario para el año 2015!

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here