La revolución del género

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En las últimas semanas, el término “ideología de género” ha retumbado en medios y redes sociales, entre mensajes confusos y contradictorios que han generado una especie de pánico absurdo entre la gente. Desconocimiento, manipulación y una repetición de falsedades rodean esta campaña que viene utilizando –una vez más- a los niños y niñas como presuntas víctimas de una “ideología” malsana y enferma.

Algunos hechos que debieran ser reconocidos como avances en el respeto a la inclusión, al principio de no discriminación y a la igualdad parecen ser los desencadenantes. Efectivamente, el Currículo Nacional de Educación que incluye el enfoque de género así como el Decreto Legislativo 1323 que reconoce la proscripción de la discriminación por orientación sexual y la identidad de género, han sido las banderas de esta campaña desinformativa. A ello, sin duda, debe sumarse la sentencia que obliga a la RENIEC a reconocer el matrimonio entre Oscar Ugarteche y Fidel Aroche, realizado en México.

Quienes defienden esta cruzada absurda contra la igualdad afirman que estas medidas atentan contra los valores familiares, que se dará una persecución contra quienes expresen su desacuerdo con la población LGTBI y que se atenta contra el régimen jurídico vigente al reconocer un matrimonio entre personas del mismo sexo.

Urge, por tanto, recordar qué es el enfoque de género y por qué su inclusión no solo no atenta contra la sociedad sino que, por el contrario, fomenta igualdad, respeto y tolerancia, aspectos que garantizan la convivencia sana y pacífica.

Un enfoque de género permite visibilizar y cuestionar roles y estereotipos que han sido asignados a las personas desde su nacimiento y que están a la base de la desigualdad y las violaciones de derechos humanos. Desde el nacimiento, a niños y niñas se les fijan roles y características que se van construyendo socialmente, pero que se pretende considerar como “naturales” para cada grupo.

Así por ejemplo, asignar el color rosado a las niñas y el azul a los niños va más allá de una simple elección sino que es el inicio de una diferenciación binaria, a la que se suman características como la debilidad y vulnerabilidad para las mujeres y el ímpetu y la valentía para los varones. Estas características contribuyen a consolidar la idea de la fragilidad de las mujeres que necesitarán siempre un protector al lado, que no pueden salir al espacio público hasta muy tarde o que no pueden asumir actividades consideradas riesgosas para ellas. Y si una mujer necesita protección, el lugar donde mejor se sentirá será el ámbito privado, es decir, el hogar, donde asumirá los roles de cuidado de la familia.

Ahora bien, una lógica así lleva a consecuencias funestas para los derechos de las mujeres. ¿Para qué cambiar las condiciones laborales en la empresa, si las mujeres finalmente dejarán el trabajo cuando se casen y sean madres? ¿Para qué combatir el acoso callejero si las mujeres deben caminar con el protector al lado y, además, no salir de sus hogares solas y de noche? La violencia familiar es un claro ejemplo de lo anterior porque basta con revisar las noticias para darnos cuenta de la cantidad de mujeres que son golpeadas por sus maridos cuando no han cumplido con las labores y roles de cuidado. Así le pasó a Shirley Pajuelo, cuyo esposo le tiró un ladrillo en la cabeza porque le puso mucho ají a la comida[1] y a Katherine Maryori, cuya pareja la acuchilló porque no quiso plancharle la ropa[2].

Evidentemente, las posibilidades de que una mujer criada desde niña entre estereotipos de género y con riesgo permanente de ser víctima de violencia, llegue a ser jueza, Ministra y ya no digamos Presidenta de la República son mínimas, por más leyes de cuotas y demás medidas de acción afirmativa que se establezcan.

El costo de los estereotipos de género recae, sin duda, sobre las mujeres pero también sobre los hombres. Masculinidades construidas con el clásico “los hombres no lloran”, la imposición de modelos de éxito que no incluyen la atención a la vida familiar ni el cuidado de los hijos e hijas y que pasan por demostrar rudeza y control sobre las mujeres, tienen también un costo. Y toda persona que escape de estos modelos y roles paga el precio de ser considerada distinta y, por tanto, de ser discriminada. Por ello, las personas LGTBI, al no encajar en esta división binaria, sufren la negación de sus derechos, además de hechos específicos de discriminación y violencia, como ha sido reconocido por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), recientemente[3].

El mundo del Derecho no escapa a lo anterior, por lo cual temas como la violencia familiar, la violencia sexual, los crímenes de odio -entre otros- no fueron incluidos en el desarrollo normativo y doctrinario sino hasta muy recientemente. Sin ir muy lejos, la primera Resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que reconoce que la violencia sexual puede constituir un crimen de guerra y de lesa humanidad es la Resolución 1820 del 2008 y la primera sentencia de la Corte Interamericana que incluye el enfoque de género es el caso Castro Castro contra el Perú del 2006. Asimismo, recién en el 2011 se crea una Unidad para los derechos de la población LGTBI en la CIDH.

El Estado peruano , por tanto, no está haciendo nada que afecte a las personas ni a las familias al mantener un enfoque de género en los programas educativos o al emitir normas orientadas a evitar la discriminación por razones de género. Por el contrario, está cumpliendo a cabalidad con sus obligaciones internacionales y con lo que establece la Constitución desde sus primeros artículos, para lo cual se deberá emprender las reformas legales necesarias para garantizar la no discriminación.

El género es una revolución. Enseña que limpiar y cocinar son actividades necesarias para el hogar,  pero que no las tienen que hacer exclusivamente las mujeres. Explica que cada vez que se le mintió a un niño diciéndole que «los hombres no lloran», se le negó la posibilidad de expresarse libremente.  Confronta a las personas con todas las veces que golpearon o se burlaron de un compañero de la escuela porque lo consideraban afeminado o de una niña que no era lo suficientemente “femenina”.

Y como todo ello implica cambios y una gran resistencia, surgen estas campañas contra el enfoque de género, que aparentemente ponen la protección de niños y niñas en el centro, para blindar cualquier reacción. Sin embargo, una real protección de los niños pasa por enseñarles que la igualdad, la libertad y la tolerancia son valores esenciales que deben promoverse a todo nivel. Y con adultos que hayan sido criados de esta forma, sin duda, se consolidarán familias más felices, una vida con menos violencia y una mejor sociedad.


FUENTE DE IMAGEN:

http://www.critic-on.com/wp-content/uploads/2013/01/Perspectiva-de-g%C3%A9nero.jpg

[1] http://www.americatv.com.pe/noticias/actualidad/callao-sujeto-golpea-su-pareja-servirle-comida-mucho-aji-n241908

[2] http://diariocorreo.pe/edicion/piura/piura-hombre-acuchilla-a-su-esposa-por-no-lavarle-la-ropa-724508/

[3] Sobre este tema, revisar: CIDH, Violencia contra personas lesbianas, gay, bisexuales, trans e intersex en América 2015 http://www.oas.org/es/cidh/informes/pdfs/ViolenciaPersonasLGBTI.pdf

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