El comercio exterior, y la aduana y nuestras expectativas

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Qué duda cabe que los últimos diez años han servido para ubicar al Perú en un lugar interesante en el panorama internacional. Ya no nos conocen sólo por Machu Picchu o las Líneas de Nazca. Ahora también nos conocen por nuestros espárragos, mangos, café, cacao, pisco y un largo etcétera al que podríamos agregar, inclusive, manufacturas, algunas maquinarias y hasta software “made in Peru”.

Pero, ¿qué es lo que ha ocurrido en estos años para que hayamos escalado algunos peldaños en el posicionamiento de nuestros productos en el extranjero? ¿Por qué ahora sí y antes no?.

Creemos que la respuesta es muy sencilla. Ahora “nos la creemos”. Ahora nos sentimos capaces. Ahora sentimos que hay oportunidades. Ahora los profesionales no huyen a “buscársela” a otras latitudes, sino más bien deciden quedarse y apostar por el país o, incluso, deciden regresar.

Pero esto no es cosa del azar sino, creemos, es consecuencia de un proceso que empezó hace dos décadas, más precisamente, a inicios de los noventa cuando se empezaron a sentar las bases de la reforma del Estado tal y como ahora lo conocemos. “Reforma incompleta” dicen algunos, pero al menos suficiente para dar el impulso que nos ha permitido un crecimiento económico sostenido de los últimos años.

Pero dichas reformas internas (liberalización del comercio exterior, tratamiento igualitario y no discriminatorio al inversionista extranjero, libertad de intercambio en moneda extranjera, etc.) requirieron ser complementadas con la suscripción de Tratados de Libre Comercio en donde éstas eran abordadas pero ya en calidad de compromisos internacionales que el Perú se comprometía a cumplir en “condiciones de reciprocidad”.

Así es que llegamos a la suscripción del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, instrumento que marcó un antes y un después para nuestro comercio exterior, pues constituyó el primer tratado moderno (de “última generación”) que reguló los aspectos más importantes en esta materia. El hecho que dicho convenio haya sido suscrito con un país que no sólo era nuestro principal socio comercial sino, además, primera potencia mundial constituyó el elemento detonante del inicio de un círculo virtuoso que se extiende hasta nuestros días.

En efecto, tras la firma del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos (y bajo el auspicioso y bien organizado trabajo del Ministerio de Comercio Exterior y Turismo – MINCETUR en el contexto de una consolidada política de apertura comercial que trascendió gobiernos para cimentarse como “política de Estado”) vinieron otros más suscritos también con muy importantes socios comerciales como, por ejemplo, China, Japón, Corea, la Unión Europea, Canadá, etc. Esto ha originado que, a la fecha, contemos con 17 tratados de libre comercio en vigencia y otros tantos en negociación o en cartera para negociar. ¡Estas son buenas noticias!

No obstante, esta reforma positiva en el plano del comercio exterior requería, a la par, de la reforma sustancial del sistema aduanero peruano. Y, es que el comercio exterior y la materia aduanera son dos caras de una misma moneda. Todo lo que importamos o exportamos necesariamente debe ser sometido a los controles aduaneros. Así, el comercio exterior de un país no puede ser fluido y competitivo si no cuenta con procedimientos aduaneros que “den la talla”.

Es por ello que surgió la necesidad apremiante, con ocasión de la suscripción del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, de reformar drásticamente el sistema aduanero en su conjunto. Reforma que tenía por consigna elemental procurar que la carga pueda ser retirada de los recintos aduaneros de inmediato, o casi de inmediato, tras el arribo del medio de transporte internacional a fin de evitar dilaciones que lo único que generaban era el encarecimiento de las operaciones de comercio exterior, situación que tenía implicancia directa en el aumento de los precios al consumidor final local, así como en la pérdida de competitividad de nuestros productos en el extranjero. ¡Es decir, todos perdíamos!

Ante ello, de un lado, se repotenció la figura del “Despacho Anticipado” (iniciar los trámites aduaneros antes del arribo al país del medio de transporte); y, de otro, se implementaron “herramientas facilitaras del comercio exterior” tales como las “Garantías Aduaneras” (fianza o póliza de caución que permite un procedimiento aduanero más dinámico al estar garantizados los tributos de importación); la figura del “Operador Económico Autorizado” (generador de confianza que se beneficia con la flexibilización del control aduanero y la simplificación de procedimientos); etc. Todas estas medidas innovadoras están destinadas a fortalecer el principio de Facilitación del Comercio Exterior y posicionarlo como orientador del accionar aduanero.

Ante este panorama ¿cuáles son nuestras expectativas?. Pues son auspiciosas en el sentido que el comercio exterior peruano siga en expansión, que la oferta exportable peruana siga consolidándose y ganando nuevos mercados, y que los sobrecostos del comercio exterior sean cada vez menores redundando ello en beneficios para el consumidor local, así como en ventajas competitivas frente a nuestros competidores directos en la región.

Pero todo esto no es gratuito. Requiere que el Perú cumpla con los compromisos asumidos en sujeción a los tratados suscritos y, por ende, que se cumplan las regulaciones aduaneras expedidas a modo de soporte y marco legal interno.

Hemos mencionado que las normas aduaneras expedidas en los últimos años tienen por finalidad hacer que los procedimientos aduaneros sean más dinámicos a fin de asegurar la necesaria fluidez del comercio exterior y librarnos de aquella filosofía del “tiempo muerto” que tanto daño nos ha causado como país. Es decir, el fin último de dichas normas no es otro que el de “cambiar las cosas”.

Pero, ¿las cosas cambiarán sólo porque lo dice una ley? Pues no, las cosas cambiarán sólo si las personas cambian.

El actual contexto mundial orientado hacia la facilitación del comercio exterior exige que las personas que operan y aplican la ley tengan una “Mentalidad Facilitadora” y que entiendan que para facilitar el comercio exterior (obteniendo las bondades que ello supone) se requiere dosificar o flexibilizar el control aduanero a los que generan confianza y focalizarlo en aquellos que no la generan.

En este contexto, y si todo se trata de confianza, nos preguntaríamos entonces ¿las autoridades confían en los administrados?, ¿los administrados confían en las autoridades?. Más aún, ¿los peruanos nos tenemos confianza? Pues, lamentablemente, pareciera que no. Por eso es que no es raro ver en el ámbito aduanero (y esto lo extendemos a cualquier otro ámbito) una maraña de procedimientos plagados de formalidades y requisitos insensatos que no hacen más que obstaculizar y entorpecer las operaciones de comercio exterior.

Y, es que las autoridades siguen generando disposiciones reglamentarias “a la defensiva”, “para que no le saquen la vuelta”. Disposiciones pensadas en defenderse de aquellos malos operadores (que si bien existen, pensamos son los menos) sin importar el impacto negativo que ello pueda generar en los buenos operadores (que pensamos son la gran mayoría).

Es decir, tenemos buenos Tratados de Libre Comercio, contamos con buenas leyes orientadas a facilitar el comercio exterior pero nos seguimos quedando trabados en aquellos procedimientos que establecen trámites y requisitos que, en vez de facilitar, entorpecen; en vez de ayudar, obstaculizan. Y esto empeora si sumamos la actitud con que, en algunas ocasiones, algunos funcionarios desarrollan las acciones de control aduanero bajo un criterio de “por si acaso te reviso”, “por si acaso te pregunto”. ¿Y los sobrecostos que esta actitud genera quien los resarce luego? Desafortunadamente, nadie.

Sería mezquino afirmar que a nivel de procedimientos aduaneros nada se ha avanzado, pero igual queda importante tarea pendiente. Ni que decir en cuanto el tema de la actitud al que nos hemos referido.

Pero el “mea culpa”, creemos, no sólo es de la Administración Pública sino también de los particulares quienes en algunos casos, es cierto, pretenden burlar controles y sorprender a la autoridad. Ahí tenemos, por ejemplo, los casos de subvaluación, subfacturación, subconteo, contrabando, etc. que no con poca frecuencia vemos en diarios y noticieros. Pero, insistimos, ello no debe perjudicar a los buenos importadores y exportadores. Justos no deben seguir pagando por pecadores.

Como reflexión final, no debemos agotar esfuerzos por tender más y más puentes entre la Administración y los particulares.

Tenemos que conocernos más, saber que pensamos, saber cuáles son nuestros temores. Tenemos que evolucionar de una “cultura de la desconfianza” a una “cultura de la confianza” que nos permita trascender como seres humanos en beneficio de la sociedad en su conjunto. Recordemos que las normas son consecuencia de las relaciones humanas y que los cambios no se producen porque la ley lo señala, sino porque las personas los generan.

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