La concepción del trabajo en la doctrina social de la Iglesia católica: aportes y perspectivas relevantes para el Derecho del Trabajo

Compartir

Escrito por Lisset Rocio Perla Garcia Vera*

  1. Primer acercamiento al trabajo en la concepción cristiana

“El trabajo es la fuente de toda riqueza, afirman los especialistas en Economía política. Lo es, en efecto, a la par que la naturaleza […] Es la condición básica y fundamental de toda la vida humana. Y lo es en tal grado que, hasta cierto punto, debemos decir que el trabajo ha creado al propio hombre” (Engels, 1876, pág. 1). Con esta frase inicia el artículo titulado El papel de trabajo en la transformación del mono en hombre.

Es innegable el factor decisivo que ha jugado el trabajo en el desarrollo del homo sapiens. La evolución de nuestros primeros ancestros homínidos hasta lo que somos ahora no es más que el resultado de la actividad constante ejecutada por el hombre para sobrevivir, que terminó incidiendo en nuestro propio organismo, generando el desarrollo de mayores capacidades, y en la naturaleza, adaptándola para la vida humana. Con el paso del tiempo el trabajo también ha evolucionado, volviéndose más complejo y direccionado a cuestiones específicas, como consecuencia de la división, y subdivisión, del trabajo en la época moderna, pero su papel fundamental en la vida del ser humano no ha cambiado. Sigue siendo el eje central de la existencia.

Es justamente por esta íntima e innegable relación entre el trabajo y el hombre, que no existe cultura que no tenga una concepción del trabajo, o que no haga referencia a él a través de alguna manifestación cultural: mitos, leyendas, cánticos, etc. Lo que es común en todas estas es la idea de trabajo como factor clave de subsistencia, del progreso y desarrollo de las capacidades humanas e incluso como herencia o tarea encargada por los dioses.

La tradición judeocristiana, es un ejemplo claro de esto. Según el mito del Génesis, Dios creó al mundo en siete días. Primero los cielos y la tierra, luego la luz, luego los días. La historia que recoge el libro nos presenta a Dios como un ser trabajador, quien, en uso de sus facultades, y por medio de la actividad, crea a los animales, el ser humano y todo cuanto existe (el producto de su trabajo). Y luego de esta labor, descansa el séptimo día para apreciar y disfrutar su creación.

A partir de esto se vislumbra una concepción positiva del trabajo, si quien lo realiza en un primer momento es Dios, perfecto y omnipotente, todopoderoso y bueno, necesariamente la actividad realizada por él, el trabajo, tiene que ser buena. Entonces, cuando este Dios perfecto crea al hombre a su imagen y semejanza, y le ordena fructificar y multiplicar la tierra, lo que le otorga a este es el mandato de administrar la tierra y por medio del don divino del trabajo crear todo cuanto imagine, tal cual lo hizo Dios en el universo.

Otro punto que reafirma esta visión positiva del trabajo es la misma creación. El universo, que es el producto del trabajo del Dios creador, la materialización de sus capacidades, produce en él satisfacción y plenitud. Al séptimo día, descansa de la actividad realizada y disfruta de su creación, de la cual se siente satisfecho. El hombre, a imagen y semejanza de Dios, también alcanza a través del trabajo el desarrollo de sus capacidades y la plenitud de su espíritu.

Esta parte mágica del mito, sin embargo, se ve turbada luego de la ocurrencia del pecado original, cuando Dios expulsa al hombre del paraíso y lo condena a ganarse el pan con el sudor de su frente. Para la mayoría de creyentes, pareciera en este momento que el trabajo se vuelve un castigo, que la actividad creadora es una maldición porque se tiene que invertir esfuerzo y energía para obtener los productos del trabajo; sin embargo, en el mito Dios se presenta al inicio de la historia como un ser trabajador, por lo cual, el trabajo en sí mismo no puede ser malo al representar Dios todo lo bueno. El castigo, en ese sentido, representa las circunstancias más adversas que el hombre tendrá en el desarrollo de su función, luego de la expulsión del paraíso, pero no vuelve al trabajo una maldición. Este sigue siendo un don divino que dignifica al hombre, lo acerca a Dios, lo asemeja a él como creador y desarrolla sus capacidades.

Dentro de la concepción cristiana, entonces, al menos la que se ha oficializado por medio de las encíclicas e interpretaciones autorizadas, se concibe al trabajo como un don otorgado por Dios; el hombre, a imagen y semejanza de este, cumple con el mandato divino de trabajar para fructificar la tierra. Esta labor lo reconforta, lo realiza, no solo en el sentido de que consigue los medios que necesita para subsistir, sino que al ejercer su capacidad creadora desarrolla su potencialidad humana y se acerca a la divinidad.

En base a esta idea, es que la Iglesia va a desarrollar toda una doctrina con respecto a cómo debe regularse el trabajo humano y hacia dónde debe apuntar, teniendo en cuenta siempre el rasgo divino de este.

En etapas claves del desarrollo de la humanidad, se vio obligada a sentar una posición con respecto a la eterna dicotomía trabajo – capital, tal como veremos de manera sucinta en los siguientes documentos.

  1. Carta encíclica Rerum novarum (1891)

Las revueltas obreras que ocuparon los titulares a mediados del siglo XIX en adelante, son el origen del Derecho del Trabajo. La finalidad de su aparición fue la protección del trabajador ante situaciones de explotación extrema, que habían convertido al hombre en un medio, una herramienta más dentro del engranaje de la producción: el único fin que parecía importar.

En ese contexto, mientras se agudizaban más las contradicciones entre trabajadores y empresarios, explotadores y explotados, trabajo y capital, el sumo pontífice León XIII se manifestó sobre esta situación a través de su famosa carta encíclica Rerum novarum (Sobre la cuestión obrera), en 1891.

La carta inicia reconociendo la situación de despojo y abandono en el que se encuentran los obreros, luego de la consolidación del capitalismo industrial y la desaparición de los gremios que existían en la edad media para aglomerar a los trabajadores. Así mismo, acorde con el momento histórico, ya no se refiere al trabajo como uno de subsistencia y propio, ejercido directamente sobre la naturaleza, sino sobre un trabajo para otro:

 “[…] la razón misma del trabajo que aportan los que se ocupan en algún oficio lucrativo y el fin primordial que busca el obrero es procurarse algo para sí y poseer con propio derecho una cosa como suya. Si, por consiguiente, presta sus fuerzas o su habilidad a otro, lo hará por esta razón: para conseguir lo necesario para la comida y el vestido […]” (Leon XIII, 1891, pág. 2).

Sobre la premisa principal del trabajo como mandato divino y capacidad creadora, el Papa León XIII denuncia el afán de lucro desmedido de los capitalistas y las condiciones a las que son expuestos los trabajadores, afirmando que:

los trabajos remunerados, si se atiende a la naturaleza y a la filosofía cristiana, no son vergonzosos para el hombre, sino de mucha honra, en cuanto dan honesta posibilidad de ganarse la vida. Lo realmente vergonzoso e inhumano es abusar de los hombres como de cosas de lucro y no estimarlos en más que cuanto sus nervios y músculos pueden dar de sí” (Leon XIII, 1891, pág. 8).

La encíclica, en este sentido, reafirma el valor del trabajo, y quizá su mayor aporte está en que exige el respeto por la dignidad del trabajador y llama a los Estados a actuar para desaparecer la situación de explotación en la que se encontraban los trabajadores.

Imbuido del espíritu progresista, León XIII exige medidas que forman parte de las consignas del movimiento obrero, mucho antes de la positivación del Derecho del trabajo, y del nacimiento de la Organización Internacional del Trabajo (OIT); tales como: a) el establecimiento de jornadas máximas, “que no se prolonguen más de las horas que permitan las fuerzas” (Leon XIII, 1891, pág. 16); b) el respeto por el descanso, que según la doctrina cristiana no es una holganza u ociosidad, sino una necesidad humana pues “aparta al hombre de los trabajos y de los problemas de la vida diaria, para atraerlo al pensamiento de las cosas celestiales y a rendir a la suprema divinidad el culto justo y debido” (Leon XIII, 1891, pág. 16); c) un salario digno y suficientemente amplio para sustentar al obrero y a su familia; etc.

Todas estas exigencias tienen su fundamento dentro de la doctrina cristiana en el hecho de que el hombre debe cumplir con el rol que Dios le designó: crear, fructificar y administrar la tierra. En este documento oficial, la Iglesia remarca la trascendencia del trabajo, aunque no se atreve aun a sentar una posición firme contra la subordinación del hombre por medio del trabajo.

  1. Laborem exercens (Acerca del trabajo humano)

Noventa años después de la encíclica Rerum novarum, la Iglesia presentó un nuevo documento. En Laborem exercens (acerca del trabajo humano), que fue pronunciado en 1981, Juan Pablo II afirma la existencia de un principio fundamental dentro de la Iglesia: el principio de la prioridad del trabajo frente al capital (1981, pág. 18).

Ya reconocida la importancia del trabajo en la vida y el deber de los Estados y de los empleadores de garantizar condiciones mínimas de trabajo, en esta carta se hace énfasis en la inherencia del trabajo al hombre. En el punto 6 de la encíclica, se desarrolla una concepción de trabajo en base a dos sentidos: objetivo y subjetivo. El primero, hace referencia al trabajo como la fuerza capaz de transformar y al producto que se obtiene de esta: la técnica, los bienes, instrumentos, etc. Mientras el segundo, hace hincapié en la persona, en que este trabajo solo puede ser realizado por el hombre y es inherente a él para la búsqueda de su propia perfección (Juan Pablo II, 1981, pág. 7).

En ese sentido, todo lo que el trabajo humano crea debería estar a disposición de los seres humanos para lograr alcanzar ese estadio. Sin embargo, el afán desmedido de riqueza ha puesto en contradicción al trabajo y al producto del trabajo, que se manifiesta en el capital. Este conflicto entre trabajo y capital subsiste actualmente, pero ya había sido resuelto por la Iglesia en 1981. Recogiendo lo desarrollado por Marx (1844, pág. 20), Juan Pablo II afirmó que no debería existir contradicción, pues el capital es a fin de cuentas trabajo humano acumulado.

Las máquinas, las fábricas, los laboratorios y las computadoras. Así, todo lo que sirve al trabajo, todo lo que constituye —en el estado actual de la técnica— su «instrumento» cada vez más perfeccionado, es fruto del trabajo. Este gigantesco y poderoso instrumento —el conjunto de los medios de producción, que son considerados, en un cierto sentido, como sinónimo de «capital»—, ha nacido del trabajo y lleva consigo las señales del trabajo humano […] La antinomia entre trabajo y capital no tiene su origen en la estructura del mismo proceso de producción, y ni siquiera en la del proceso económico en general […] El hombre, trabajando en cualquier puesto de trabajo, ya sea éste relativamente primitivo o bien ultramoderno, puede darse cuenta fácilmente de que con su trabajo entra en un doble patrimonio, es decir, en el patrimonio de lo que ha sido dado a todos los hombres con los recursos de la naturaleza y de lo que los demás ya han elaborado anteriormente sobre la base de estos recursos, ante todo desarrollando la técnica, es decir, formando un conjunto de instrumentos de trabajo, cada vez más perfectos […]” (Juan Pablo II, 1981, págs. 18 – 20)

Entonces, siendo que detrás de todo lo existente, incluso el capital, está el trabajo humano en todas sus manifestaciones, el Sumo Pontífice afirma que es este el que tiene que primar ante cualquier tipo de conflicto. Porque no es posible que el producto del trabajo humano se anteponga a la realización de la vida misma.

Hay en esta carta una visión mucho más amplia del trabajo humano y una clara postura sobre la trascendencia de este en la vida del hombre. Si trabajo y hombre están íntimamente ligados, y es el trabajo el único medio por el cual el ser humano puede desarrollarse como especie y desarrollar al mismo tiempo, de manera individual, su capacidad creadora, no puede concebirse que el producto de este trabajo se enajene y subordine al hombre.

En la parte IV del documento, Juan Pablo II se refiere a los derechos que deberían tener todos los hombres del trabajo, sin hacer distinción entre trabajo subordinado o independiente, para otro o propio, o cualquier otra distinción conceptual que haya sido creada por el hombre. Reconoce y reafirma los derechos de sindicación, las prestaciones sociales, un salario digno, la lucha contra el desempleo, etc. y le devuelve al trabajo la finalidad que le había sido arrebatada por el afán de riqueza. La Iglesia en este documento tiene una posición firme contra la explotación y subordinación del hombre por medio del trabajo; en la parte V, incluso, habla de los elementos para una espiritualidad del trabajo volviendo a hacer énfasis en la concepción primaria del trabajo dentro de la doctrina: el trabajo como don divino y forma de participación en la obra de la creación.

  1. Conclusión

Más allá del mito, pues podemos tener fe o no en la historia bíblica, no puede negarse el papel fundamental del trabajo en la vida humana. La religión cristiana a recogido esta premisa y ha elaborado una concepción humanista y positiva del trabajo, que no es solo una historia bonita, sino que está confirmada por el propio desarrollo histórico. El trabajo permitió la evolución del hombre, constituyó la base para el establecimiento de la sociedad y la acumulación de riquezas, ha permitido el avance científico y tecnológico y ha ido liberando poco a poco al hombre de las cadenas de la necesidad y el desamparo. Desgraciadamente, en determinado momento el producto de este trabajo se volvió mucho más importante que el trabajo mismo, pero diversas voces van llamando para guiar a la humanidad de nuevo hacia el camino correcto. Entre estas voces, la concepción del trabajo que plantea la Iglesia es interesante, esta misma se ha ido construyendo a lo largo del tiempo, evolucionando, hasta llegar a plantear la prioridad del trabajo humano y la vida ante cualquier conflicto con el capital.

Actualmente el derecho del trabajo aún no recoge esta concepción del trabajo como trabajo humano, sino que limita la amplitud de este, reduciendo su campo de acción a un tipo de labor: subordinada, ajena, remunerada por otro; y la concibe en contradicción permanente con el capital y aquellos que de él disponen.

Poco a poco esta concepción plena del trabajo está ingresando al mundo normativo y el Derecho se está nutriendo de otras áreas que conciben el trabajo desde una posición más humanista. Quizá, en un futuro no tan lejano, realmente el Derecho y las políticas de empleo tangan como prioridad al trabajo ante cualquier conflicto. A fin de cuentas, todo lo que existe es producto del trabajo humano.


Imagen obtenida de 

* Estudiante de sexto año de Derecho de la UNMSM. Miembro principal y ex coordinadora general del Circulo de Estudios Laborales y de la Seguridad Social (Celss)

5.     Bibliografía

Engels, F. (1876). El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre.

Juan Pablo II, S. P. (1981). carta encíclica Laborem exercens. Obtenido de http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_14091981_laborem-exercens.pdf

Leon XIII, S. p. (1891). carta encíclica Rerum Novarum. Obtenido de La santa sede: http://w2.vatican.va/content/leo-xiii/es/encyclicals/documents/hf_l-xiii_enc_15051891_rerum-novarum.pdf

Marx, K. (1844). Manuscritos filosóficos y económicos.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here