Reflexión adicional sobre la formación jurídica a propósito de los algoritmos y la automatización | José Delmar

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Escrito por Jose A. Delmar

Hace unas semanas comenté en otro espacio acerca de la necesidad de revisitar el modelo tradicional de formación jurídica poniendo como justificación de ello la – aparentemente – inevitable automatización de los procesos y actividades de baja complejidad actualmente de cargo de los egresados de primeros años.

Cuestionaba en dicho artículo que si el valor agregado que ofrecemos los abogados deriva de la experiencia (aprendizaje progresivo), cómo podría ésta generarse en el futuro cuando no hubiera actividad suficiente a disposición de los jóvenes egresados.

La paradoja debe resolverse, en mi opinión, con un proceso de formación diferente que no solo permita a los egresados generar valor desde el día 1 sino que les enseñe también a reinventarse las veces que sea necesario (asumimos que cada vez con mayor frecuencia) para mantener dicha oferta de valor constantemente creciente en el tiempo.

Ahora bien, siendo sinceros, el problema con la formación jurídica no es reciente ni se deriva solo de un cierto pronóstico de lo que podría ser el futuro. Hace décadas que abogados en ejercicio venimos quejándonos de la, lamentablemente, cada vez menor “preparación”[1]con la que los alumnos egresan de las facultades de derecho. Y esto no es solo debido al incremento exponencial del número de estas sin que ello suponga una inversión equivalente en generar los medios para sostener una plana docente de calidad. Una cuota importante del problema se deriva del método de enseñanza repetido a lo largo de décadas sin aparente señal de agotamiento.

El propósito de la presente nota es hacer visible este problema pues ninguna reforma en la formación de los estudiantes tendrá el efecto deseado sin este cambio de base pues, en definitiva, no se trata solo de cambiar cursos obligatorios o añadir electivos relevantes o de moda. Se trata, en el fondo, de formar otro tipo de profesionales; no profesionales con otro tipo de conocimientos.

Un ejemplo simple, que sin embargo grafica bien el problema con el que hemos convivido y tolerado en lo referente a la formación jurídica, es el siguiente:

Imaginemos a un joven al que llamaremos Juan. Juan vive en una ciudad que lo deslumbra por su belleza; edificios altísimos se curvan y enroscan hasta llegar a las nubes; casas hermosas parecen flotar en las quebradas; áreas verdes embellecen y contrastan con el vidrio y cemento generando un conjunto armonioso.  Juan quiere aprender cómo hacer estas obras magníficas y se matricula en una escuela de arquitectura.

En la escuela lleva un curso magnífico sobre el ladrillo y aprende todo sobre este objeto: ¿Cuándo se originó? ¿Qué significa la palabra “ladrillo”? ¿Por qué existe? ¿Cómo diferenciar un ladrillo de otro material como por ejemplo el metal? ¿Cómo se usaba el ladrillo durante el siglo XX? etc. También lleva, entre otros muchos, 3 cursos sobre el hierro en la construcción: uso del hierro en la antigüedad, uso del hierro en la edad media, diferentes usos del hierro, naturaleza del hierro, origen del hierro, diferencia entre hierro y otros materiales, etc. Así, luego de 6 años y medio, Juan se gradúa sobresalientemente de la escuela con un conocimiento profundo (asumimos que es un dedicado estudiante) de lo que son ladrillo, hierro, vidrio y otros materiales. Con toda esa bolsa de conocimientos, Juan empieza a trabajar en una oficina donde el primer encargo que recibe es que diseñe los estacionamientos y baños de un edificio de oficinas por construirse. Su segundo encargo es diseñar un albergue para refugiados en las afueras de la ciudad y así Juan empieza a recibir encargos y acumular, naturalmente, ansiedad proporcional a su falta de experiencia. Si bien Juan puede describir a la perfección todos los elementos que debe tener una edificación para ser viable, no tiene idea de cómo edificar lo más básico. Nunca, a lo largo de su formación, le enseñaron cómo administrar el conocimiento específico a fin de aplicarlo a una necesidad concreta. Juan sin duda será reemplazado por un algoritmo que en segundos proporcionará decenas de alternativas de distribución de estacionamientos y baños o propuestas de albergues que cumplan con todos los requerimientos funcionales y legales aplicables al momento de recibido el encargo.

Lo mismo ocurre en el Derecho. Formamos jóvenes profesionales que saben mucho (en el mejor de los casos) del Derecho de Obligaciones o sobre la Teoría General del Proceso, pero que puestos a redactar un contrato, por más simple que sea, no saben por dónde empezar; o cuando se les pide hacer una evaluación de probabilidades de éxito de una determinada pretensión se quedan en blanco.

Uno de los grandes problemas de la formación jurídica actual y futura, por supuesto, es que estamos otorgando demasiada información a los alumnos sin enseñarles cómo y cuándo utilizarla. No educamos profesionales en el sentido de personas que saben ejercer un oficio satisfaciendo las necesidades concretas de sus clientes, sino que permitimos el egreso de alumnos cuyo mayor mérito y por lo tanto mayor riesgo es el de retener la mayor cantidad de información posible.

Un nuevo enfoque para la formación jurídica debería por fuerza acabar con esta fórmula cada vez menos valiosa y apostar por una mirada integradora vía el aprendizaje por proyectos.

En efecto, una vez adquiridos los conocimientos fundamentales, debiera ser tarea de las escuelas de Derecho formar a profesionales mediante inmersión en proyectos específicos que los ayuden a integrar desde los primeros ciclos los conocimientos adquiridos con un enfoque de respuesta a necesidades específicas y otorgamiento de valor.

El aprendizaje por proyectos enfocados en la entrega de valor a clientes exigiría de las escuelas incidir no solo en la entrega de grandes cantidades de información, sino y por sobre todo de metodología para obtener información relevante y aplicarla a la solución de una necesidad concreta; es decir, exigiría que los alumnos desarrollen aptitudes “blandas” imprescindibles tales como: criterio para identificar información relevante (de un universo cada vez mayor de información a disposición), capacidad de tener una visión integral de un problema real, creatividad, empatía con las necesidades del cliente, manejo de la relación con el mismo desde cumplimiento de los tiempos de respuesta hasta identificación de criterios de valor en función a los requerimientos específicos del proyecto, entre otras. Estas aptitudes, aprendidas a lo largo de la escuela, permitirán a los alumnos egresar aportando valor al cliente más allá de lo que podría hacer un algoritmo (al menos en el futuro previsible) y los preparará para adaptarse a los cambios que pudieran derivarse de la nueva realidad.

Al final, aun cuando la currícula sea hoy una y mañana otra en función a los avances de la tecnología y la integración de la misma con el Derecho, la formación integradora sobre la base de proyectos que privilegie las habilidades por las que podemos aportar mayor valor debería ser un primer paso necesario.


Imagen obtenida de: http://elderechoencasa.blogspot.com/2016/03/el-contrato-electronico-y-la-factura.html

[1]Entendida como la capacidad del egresado de atender problemas prácticos de clientes con baja supervisión.

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