2017: La gran oportunidad china (y el riesgo)

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En los primeros días de su presidencia, Donald Trump ha confirmado muy rápidamente el rumbo nacionalista y unilateralista que había prometido. Además de ofrecer la revisión de los acuerdos comerciales vigentes y abandonar el TPP, como candidato y presidente electo Trump hizo varias declaraciones que sugerían una política exterior reñida con las prácticas de diálogo y cooperación multilateral. Por ejemplo, había tildado a las Naciones Unidas despectivamente de “club para que la gente se junte, converse y la pase bien” y había ofrecido retirar a su país del Acuerdo de París sobre cambio climático lo más pronto posible.

Tras solo una semana como presidente del país más poderoso del mundo, Trump ya tiene una nueva embajadora ante la ONU que se presentó amenazando a quienes no apoyen sus iniciativas; se encuentra contemplando un decreto que reduciría drásticamente el financiamiento estadounidense a esta y otras organizaciones; tiene también a un negacionista del cambio climático a cargo de la principal agencia ambiental federal; y ha eliminado todo contenido alusivo al cambio climático de la web de la Casa Blanca.

Mientras EE.UU. bajo Trump, como Rusia bajo Putin, consolidan líneas nacionalistas y poco conciliadoras de política exterior, la otra gran potencia, China parecería enrumbarse en el sentido opuesto en años recientes, y sobre todo en estos últimos días. Tras ser la figura de la cumbre de Davos, el presidente Xi Jinping habló ante las Naciones Unidas en Ginebra el 18 de enero y presentó a China explícitamente como nuevo líder del mundo globalizado e impulsor de la cooperación internacional. También atacó al aislacionismo y al proteccionismo comercial, en clara alusión a las nuevas políticas de EE.UU. bajo Trump. Esta nueva actitud bajo Xi habría sido inconcebible solo unos años atrás, después de décadas en que los países occidentales y organizaciones de la sociedad civil internacional condenaban las violaciones de derechos humanos por parte de un régimen chino autoritario y poco abierto al diálogo.

Se pronosticaba que China podría aprovechar el vacío que está dejando EE.UU. para consolidar un nuevo liderazgo global, pero pocos habrían pensado que las nuevas posiciones se definirían tan rápidamente. Y más allá de los discursos, los ofrecimientos y amenazas recientes están fundamentados por flujos de dinero y tendencias de los años recientes. Mientras Trump estaría listo para cortar hasta en 40% el financiamiento a la ONU y otros espacios globales, China viene aumentando significativamente sus aportes a diversas iniciativas multilaterales. Por ejemplo, hace unos meses comprometió un enorme aporte de US$3.100 millones al Fondo Verde para el Clima, mecanismo financiero de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático. En Ginebra Xi también anunció un aumento millonario de los recursos chinos para atender la crisis en Siria, y en años recientes se han consolidado como los principales aportantes de tropas de paz (“cascos azules“) entre los miembros del Consejo de Seguridad. Todo esto empieza a permitirle mayor influencia, y además de los mencionados espacios multilaterales, China también es protagonista en foros como APEC y G20.

Con el surgimiento de liderazgos más nacionalistas en EE.UU, Rusia y varios países europeos, el futuro de las instituciones multilaterales que ostensiblemente promueven la paz, cooperación y desarrollo se llena de incertidumbre. En este sentido, un papel más fuerte para China apoyando financiera y políticamente los acuerdos de cambio climático y otros espacios para la cooperación y la resolución de conflictos podría ser algo bastante ventajoso para la supervivencia del orden globalizado que se consolidó en las últimas tres décadas.

Sin embargo, el inminente ingreso de China para ocupar el vacío que deja EE.UU. también trae dudas sobre sus verdaderas intenciones e implica nuevos riesgos para la vigencia universal de los derechos humanos. Por un lado, al mismo tiempo que ha aumentado su liderazgo en los espacios de cooperación multilaterales, también se ha seguido empoderando militarmente y ha asumido una actitud mucho más asertiva y desafiante en su región, preocupando a Japón y retando la tradicional hegemonía norteamericana; ¿cuáles métodos prevalecerán en tiempos de crisis, de la China dialogante o de la militarista?

Por el otro lado, el gobierno de China sigue siendo identificado como uno de los grandes violadores de los derechos civiles y políticos de su propia población. En este sentido, no se percibe un cambio, y el mismo Xi ha anunciado que buscan un sistema multilateral que no interfiera en los asuntos internos de cada estado. Es decir, bajo una creciente influencia china, la ONU y otras instituciones podrían dejar completamente de lado el debate de varios temas “incómodos“ que incluso ahora son difíciles de abordar: gobernabilidad democrática, trato justo a las minorías, libertad de expresión, y muchas otras preocupaciones que podrían convertirse definitivamente en asuntos tabú para el desarrollo internacional.


FUENTE DE IMAGEN: http://asianortheast.com/wp-content/uploads/2016/05/usa_china_banderas.jpg

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