El etiquetado bamba: introduciendo confusiones sobre la alimentación saludable

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Por Gustavo Rodríguez García, titular de Rodríguez García Consultoría Especializada y profesor de derecho de la competencia, protección al consumidor, propiedad intelectual, regulación, competencia desleal, publicidad y análisis económico del derecho. Es abogado por la PUCP, magister por la Universidad Austral de Argentina, fue Summer Scholar por The Coase-Sandor Institute for Law and Economics de la Escuela de Leyes de la Universidad de Chicago y participó en el Fashion Law Bootcamp organizado por el Fashion Law Institute de Fordham University en New York. La prestigiosa publicación Chambers and Partners lo considera en su ranking para el 2017 para Perú en las secciones “intelectual property” y “competition / antitrust”.


El título de este post, si bien pretende ser provocador, se queda un poco corto. El etiquetado nutricional, tal y como viene siendo defendido por algunos, difícilmente podría ser entendido como un instrumento realmente “informativo”. Al contrario, se trata de un instrumento que, precisamente por todo aquello que no dice, representa un verdadero peligro para los consumidores. Desde luego, sus defensores siguen invocando a la OMS como si se tratara de la última palabra en diseño eficiente y sensato de regulación. No debemos olvidarnos, con el enorme respeto que tengo por los nutricionistas y entendidos en cuestiones de salud, que pueden saber mucho de su tema lo cual no necesariamente los convierte en los indicados para diseñar reglas legales de forma aislada.

De acuerdo a la regulación planteada, los productos envasados deberán consignar, cuando excedan de determinadas cuantías, unas figuras octogonales de color rojo indicando que el producto es “alto en” algo (puede ser azúcar, por ejemplo). El propósito pretendido de estas señales es que el consumidor pueda tener información previa a la decisión de consumo sobre la cantidad de ese algo que, eventualmente, podría ser dañino. Como ya adelantaba líneas atrás, el problema está en lo que no se dice.

Primero: la regulación no dice cuánto realmente se tiene de azúcar o sodio o lo que fuere. Lo que el consumidor advierte es que el producto es “alto en” pero no advertirá la cantidad. Eso es problemático porque un producto podría pasarse del umbral trazado en apenas unos miligramos y otro en muchos pero, de cara al consumidor, ambas etiquetas tendrán exactamente la misma señal. ¿Cómo distinguir qué producto tiene más y cuál menos?

Segundo: esta regulación no informa qué productos carecen de la señal pero están muy cerca del umbral. Nuevamente, este etiquetado nutricional deja al consumidor a ciegas lo cual podría, además, hacerles creer que todo producto que no tiene la señal es perfectamente saludable. Como cualquier persona conoce, la cuestión suele ser más de ponderación al comer más que del alimento mismo.

Tercero: al tomarse como parámetro la cantidad en miligramos o mililitros, se asume falsamente que esa es la forma en la que los consumidores comen en la vida real. Sin embargo, algunos productos pueden, por la cuantía contenida en la presentación del producto, merecer una señal pese a que ningún consumidor consumiría ese producto, en una porción razonable, al punto de pasar el umbral correspondiente.

Cuarto: la forma empleada para señalizar es bastante infeliz ya que, de ordinario, una señal de color rojo representa una señal de alarma. El instrumento elegido, entonces, para revelar información a los consumidores, parece ser un instrumento anti-industria que únicamente expresa o temores o prejuicios (o una combinación de ello con absoluta desinformación). Lo que se pretende, pareciera, es generar un sesgo contra los alimentos envasados como si los alimentos no envasados fueran perfectamente saludables.

De hecho, la estrategia empleada es peligrosa porque muchos consumidores podrían sustituir el consumo de alimentos envasados por alimentación de otro tipo que no necesariamente será saludable (simplemente no está dentro de los alcances del etiquetado nutricional). En buena cuenta, lo más lamentable es que estamos frente a una estrategia que puede hacerles mucho daño a los consumidores. En efecto, es una regulación que falla en lo que dice y que falla en lo que no dice. La discusión de la alimentación saludable merece ciertamente un debate detenido. Lo que no podemos es pretender que la gente se alimente bien a partir de instrumentos sesgados sin considerar la realidad en la que vivimos.

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